De madrugada (70 palabras)

El niño quería meterse en mi cama porque había un monstruo en su cuarto. Eso no. Estuve revisando los armarios con él y cuando lo volví a acostar, me asomé bajo su cama y dije con tono amenazante:

- Mañana tenemos que madrugar. No me conoces cuando no duermo mis horas. Vamos a tener la fiesta en paz.

- Compréndeme tú a mi - respondió el monstruo.





(1 premio Microcuentos con Humor Adoz) 

Las guerras (78 palabras)

 La tarde soleada invita a jugar a los dioses en el jardín.

Las hormigas rojas atacan a las negras. Se veía venir.

Es desigual y cruel. Las negras ni se defienden.

Las grandes son descuartizadas en el momento. Las pequeñas son transportadas vivas a la despensa.

Muy pocas le suben por la pierna. Son aplastadas antes de llegar a la rodilla.

Se escucha la llamada para la merienda.

Luego volverá para ver como termina.

O no.

Cosas de enanos (190 palabras)

El enano que vive en el corazón y el enano que vive en la cabeza casi no se hablan.

Tienen horarios y costumbres diferentes. Cuando el enano de la cabeza duerme, el del corazón canta y baila, y cuando el del corazón hace fiesta, el de la cabeza siempre tiene algo mejor que hacer.

Si uno se deja barba, el otro se depila hasta las cejas.

Si uno quiere estar tranquilo, el otro hace ruido.

El del corazón esta tan loco, que siempre se golpea con todo, con cualquier cosa y muy a menudo se hace daño de verdad y hay que entablillarlo.

Intenta no quejarse pero a veces se le escapa algún gemido.

El enano de la cabeza entonces asoma por un agujerito y dice:

- ¿Ves, ves?

El enano del corazón no responde, y pasa mucho rato en silencio. Mucho, mucho rato, casi una eternidad.

El enano de la cabeza asoma otra vez y pregunta:

- ¿Estás bien?

Pasa otra eternidad en silencio y cuando el enano de la cabeza ya no espera respuesta, asoma el del corazón y pregunta susurrando:

-¿Y tú, estás bien?

Lo del cajero (191 palabras)

Por cierto, el enano del corazón se cogió todas las vacaciones que tenía acumuladas y decidió que era el momento de salir a conocer mundo.

Inquieto por naturaleza, era incapaz de estar así sin hacer nada. Se busco un trabajo que le tuviera ocupado, menudas vacaciones. Estuvo trabajando en un cajero automático. Así se relajaba. Decía.

Contaba los billetes, imprimía saldos y calculaba comisiones. Estaba todo el día ocupado sin pensar en nada más.

Decía que estaba bien, pero no era verdad del todo. Al principio echaba de menos el hogar, y al final se moría de ganas de volver. 

Para el enano del corazón es todo un volunto, cuando quiere irse le da igual todo, se obsesiona y hay que salir de aquí ahora. Ya está. Pero cuando quiere volver es lo mismo. Es así y basta.

Volvió temeroso, porque sabía que el enano de la cabeza le iba a echar una bronca monumental.

Se encontró todo manga por hombro.

- ¿Qué ha pasado aquí?

El enano de la cabeza no estaba enfadado. Lo abrazó y le dijo al oído:

- Te he echado de menos, cabroncete.

Los gestos de los enanos (193 palabras)

En cierta ocasión el enano de la cabeza perdió unas cartas. Pasaba el tiempo y el enano del corazón seguía sospechando que había sido a posta. Nunca hablaban del tema.

Algunas veces, cuando estaban tranquilos se miraban, y luego miraban a otro lado.

Desde aquella vez, cuando el enano de la cabeza separaba el correo, el del corazón siempre estaba presente, haciendo ver que casualmente pasaba por allí, pero golpeando con las yemas en la mesa, rítmicamente.

El enano de la cabeza manipulaba la correspondencia haciendo pinza con el pulgar y el índice, como los magos, con la camisa arremangada. Y decía:

- Una para ti, otra para mí, una para ti…

A veces el enano de la cabeza se acercaba alguna carta a la nariz, con cualquier excusa.

- ¿Huele bien? - Preguntaba el enano del corazón reclamándola suavemente con dos dedos.

- Otra vez será, si se pierde alguna no te preocupes, acaban volviendo.

- Ya.

- Además, no todas son buenas noticias, a lo mejor tuviste suerte.

- Ya.

- ¿Me perdonas?

El enano del corazón agarraba sus cartas y mientras se iba contestaba:

- Otra vez será. 

Bambina (195 palabras)

Había una vez una niña que se llamaba Isabel.

Su hermano le leía este cuento porque su papá estaba en Italia. Ojú, que lejos está Italia.

Papá se conectaba en internet y hablaba con la nena. Le decía: ¡Ay que te como! Y la nena le enseñaba los dibujos que había hecho.

Para aprender los números, el uno era un palo de escoba, el dos, un pato, el tres, dos caracoles, uno encima del otro y el cuatro, una silla al revés.

Papá le pedía a la niña que guardara los dibujos en una carpeta.

Papá cogió un avión. Ojú, que lejos está Italia. Le regaló un rompecabezas, fueron juntos al parque, montaron en autobús.

Antes de volver a Italia, ojú, que lejos, Isabel regaló a papá la carpeta con los dibujos.

Así, todos aprenden algo. 

Isabelita aprende que el mundo es tan grande, tan grande, que hay sitio para Italia (ajú, qué lejos), para todos los parques, para los autobuses, para los aviones y para los aeropuertos.

Papá aprende que el mundo es tan pequeño, tan pequeño, que sólo hay sitio para un palo de escoba, un pato, dos caracoles, una silla.

Mírame (200 palabras)

Empezaremos de nuevo.

Fingiré no conocerte y me haré el encontradizo.

Dejaré flores en las esquinas para que las encuentres camino al trabajo.

Sabrás que son mías.

Desconfiarás al principio y pensarás en mi cuando no esté.

Me pondré el traje de los domingos y hablaré con tus padres.

Mírame.

Te daré mi hombro en el cine, cuando te asustes, cuando te duermas.

Te besaré en tu portal y las interminables despedidas nos parecerán cortas.

Copiaré poemas y juraré que los escribí para ti. Ya sabes lo mal que escribo.

Te esperaré en la puerta de la iglesia con una flor en la solapa y una corbata horrorosa.

Tu madre llorará. Tu padre repartirá puros. Mis primos tirarán arroz.

Como aquella vez, serás mía por primera vez.

Mírame.

Construiré nuestra casita en cualquier lugar, junto a un árbol centenario.

Serás feliz. Otearás el horizonte esperando mi regreso al atardecer.

Discutiremos por tonterías sólo por el placer de reconciliarnos.

Llenaremos la casa de niños, construiré un columpio en el árbol. Les curarás las pupas con besos.

Nos arreglaremos los domingos, saldremos a pasear.

Y nunca, nunca volveré a ponerte la mano encima.

Mírame.

Mírame cuando te hablo.

Gretel (207 palabras)

Estuvimos perdidos algún tiempo, vagabundos hasta que a Hansel se le ocurrió doblar un alambre. El gancho cambió nuestra vida. Podíamos mover las bolsas de arriba, yo sujetaba la tapa del contenedor y a veces encontrábamos cosas que se podían vender.

Una noche llegamos a un quiosco de chucherías y Hansel encontró una rendija en la puerta de atrás. Con el gancho conseguimos descorrer el cerrojo y entramos.

Allí estábamos. Yo sólo cogí una botella de agua y dos helados. Hansel empezó a comer chocolatinas como si se fuera a acabar el mundo. Se comió seis o siete, no más, y empezó a llorar porque le dolía la barriga. Se durmió con la cabeza apoyada en mi regazo, con una lágrima parada en mitad de la cara. Yo estuve un tiempo mirándolo y acordándome de cuando nuestros padres nos acompañaban al quiosco y nos compraban alguna cosa. Me dormí también.

Me desperté a la mañana siguiente cuando alguien entraba. Era la vieja. Primero tenía la cara enfadada, porque había desorden, y luego a mi me pareció que miraba a Hansel con un poco de ternura. En ese momento yo aproveché.

Aproveché porque entonces yo tenía poca edad pero mucha calle.

Aproveché y le conté un cuento.

El centro de la tierra (218 palabras)

Apagué el despertador tres veces. Es la hora y aún estoy entre las sábanas. ¿Dónde están las alas que da el amor?

Por fin salto de la cama y caigo en los zapatos.

Al incorporarme noto que el suelo está más cerca que nunca. No soy más bajo. Sólo son mis pies que se hunden en el piso.

Me cuesta trabajo ponerme los pantalones porque tengo que levantar tanto los pies, porque me sigo hundiendo, porque, porque. No hay tiempo para explicaciones.

Es la hora, pero tú siempre te retrasas cinco minutos.

No pierdo tiempo afeitándome porque ya no llego al espejo del baño. Me tengo que lavar la cara en el bidé.

Cuando espero el ascensor el piso me llega por la cintura. Casi no llego al botón.

Menos mal que hemos quedado en la esquina. La gente no me ve. Tengo que esquivarlos para que no me pisen la cabeza.

Teníamos que haber quedado en mi casa, pero eres tan así.

Llego al quiosco justo a tiempo, te veo acercarte mientras acabo de hundirme.

Ya estás aquí y no me ves, mi cara está justo una cuarta debajo de tu tacón.

Te tiro besos mientras me alejo lentamente. Adiós amor.

Lástima, hoy que te habías puesto las braguitas blancas con lacito.

Salvapantallas (253 palabras)

Tengo programado un salvapantallas con el despertador. Me ayuda cuando tengo que despertarme antes del alba. Es fundamental.

Al principio era aleatorio, pero he dejado fijo el del bosque,

Me ducho y desayuno entre arboles centenarios, y en el ascensor el canto de los pajarillos me acaba de despertar.

En el autobús el inhibidor activa la pausa. Ya despierto puedo observar los escaparates que pasan, los semáforos y las caras de la gente. El señor del periódico, la mama con su hijita, el adolescente atormentado.

Pero son veinte minutos, y cuando me estoy bajando, en las escalerillas del bus, ya se activa el bosque, Me dejo llevar inmediatamente y de pronto, siento una manita en la mía. Que susto. Siempre se habla de los sistemas operativos defectuosos, de los supuestos riesgos de los salvapantallas virtuales, aunque yo no he creído nunca.

De hecho es la niña, me ha cogido de la mano y mira hacia lo alto, intentando entre ver los pajarillos que cantan.

La madre la rescata violentamente y me pide excusas. Yo lo meto todo en pausa. No pasa nada señora, no molesta. No, nada, nada, tiene que aprender que lo que no es suyo no es suyo.

Mientras se aleja la señora con la niña de la mano yo desactivo la pausa y algo raro hago porque son olas que rompen en las rocas.

Lo dejo y sigo mi camino. A veces me parece sentir minúsculas salpicaduras de espuma en la cara. Es todo virtual, pero que bien hecho.

Un poner (258 palabras)

Pongamos que mi familia pide a los dioses que llueva. El venero se ha secado. Yo creo en los dioses pero también creo en mis brazos. Al entrar en el desierto tengo miedo. Pienso en mis padres, en mis hermanos. Cierro los ojos. Sigo caminando. Tras dos días de marcha encuentro agua. Cuando vuelvo soy recibido como un héroe.

Imaginemos que me convierto en una persona influyente y me siento capaz de conseguir cualquier cosa. En poco tiempo me hago con un par de mulas y algunos muchachos del pueblo trabajan para mí. Es fácil entender que ya no soy un muchacho, soy un hombre, y mi negocio es el agua.

Vamos a suponer que vuelve la estación de las lluvias. Del venero vuelve a brotar agua. El negocio peligra, las mulas siguen comiendo y los muchachos deciden dedicarse a otra cosa. Todavía soy una persona influyente, lo bastante para conseguir cualquier cosa, un potente veneno por ejemplo, capaz de matar a cualquiera que se acerque al venero.

En una supuesta noche de luna llena no soy capaz de dormir. Hago guardia junto al venero. Si esa agua clara dejara de brotar, mis mulas volverían a comer. Si esa agua no brotara tan clara, mi negocio volvería a funcionar.

Amanece presuntamente. Una niña madrugadora se acerca al venero a beber las primeras aguas de la mañana. Al pasar junto a mi me saluda con una sonrisa. Puedo agarrarla del brazo pero no lo hago. Puedo decirle que no beba pero no digo nada. Cierro los ojos. 

Limonada (260 palabras)

Necesitas:

Dos limones, dos litros de agua, un poco de azúcar, una hoja de periódico.

Coges dos limones del árbol del camino. Si los coges de las ramas que caen a este lado no es robar.

También puedes caminar hasta la frutería y comprarlos. Si hablas con el frutero te dirá que son buenísimos.

Pones la radio, algo que te guste, y te dispones a exprimir los limones. Los cortas por la mitad y aprietas. Si oyes a los limones gemir es que no tienes la radio lo bastante alta. Pero no te detengas, aprieta, no es momento de sensiblerías.

Entonces mezclas el jugo y el agua. Se puede colar el resultado.

Cuando estés con el embudo, la botella y el colador, el niño te dirá que la perrita le muerde los pantalones. Detenlo todo un momento. Enrolla la hoja de periódico y dásela para que se defienda.

Cuando todo esté en la botella, añade el azúcar. No agites. Deja que el azúcar se pose en el fondo del recipiente y se acomode.

¿Ya? Ahora cierra la botella y dale la vuelta. Ahora sí, agítala suavemente hasta que el azúcar desaparezca.

Deja la botella sobre la mesa unos minutos para asegurarte de que el azúcar se ha disuelto y no vuelve a juntarse en el fondo. Tienes tiempo para comprobar que el niño no persigue cruelmente a la perrita con la hoja de periódico.

El primer vaso es para ti. Si está muy dulce o muy ácido no añadas nada. La próxima vez será.

Consérvese en lugar fresco. 

Papel (275 palabras)

Hubo un tiempo en que algunos hombres salían a la calle con libretitas y apuntaban lo que pasaba.

Procuraban estar siempre donde las cosas ocurrían y preguntaban a quien pudiera saber algo. Luego lo juntaban todo y redactaban los sucesos antes de que cayera la noche.

Estos señores presumían de ser objetivos e imparciales, y se enfadaban si alguien sugería lo contrario.

Aunque visto lo grande que era el mundo entonces, esta claro que no podía ser imparcial un hombrecillo con una libretita.

Por la noche, todos los sucesos redactados eran impresos en grandes hojas de papel. A veces con fotografías.

Por las mañanas, muy temprano, aquellas hojas de papel eran repartidas por la ciudad, y cualquiera podía comprarlas en unos establecimientos pequeñitos que había en las esquinas.

Dentro de esas casitas había siempre alguien, que no se iba hasta que había vendido todas las hojas.

De esta manera, nuestros antepasados, mientras desayunaban, podían abrir las hojas y se enteraban de todo. Entre el café y el churro, una inundación o un estreno teatral, con el zumo de naranja, las decisiones de un gobernante o el resultado de un acontecimiento deportivo.

Así se organizaban, y empezaban el día con la realidad abierta de par en par encima de la mesa. El mundo en canal haciéndose sitio entre tazas y el cuchillo de la mantequilla. Luego, si algo les interesaba, doblaban las hojas en cuatro y leían más detenidamente algún trocito. Como si acercaran una lupa al mundo para ver algo en sus detalles.

Esos tiempos han pasado, pero pueden volver, como volvieron los pantalones de campana.

Ya te contare más curiosidades en otra conexión. 

Nikté y el gorrión (287 palabras)

El pajarito le enseñaba canciones y poemas al principio.

La niña decía que el pajarito le había contado y era todo tan tierno que mami le preguntaba cuando venían visitas ¿qué te ha dicho el pajarito? Subida en la mesa, tan graciosa con su vestido, recitaba mirando al techo.

Pero un día a papi se le ocurrió pedirle que le preguntara al gorrión sobre las verduras, y el pajarito dijo que las verduras son buenas.

La niña empezó a comer verduras, pero ya no hubo más poemas, las conversaciones de la niña con el gorrión empezaron a girar sobre temas más serios, hasta el punto de que cada vez que los padres pedían algo a la niña, tenían que esperar al veredicto del ave. Siempre eran respuestas sabias y coherentes, pero los padres sentían que su autoridad estaba resbalando hacia un segundo plano.

Y es así, nada puede reemplazar a los buenos consejos de los padres.

Los amigos imaginarios, los peluches amorosos y los animales  parlanchines son buenos complementos, pero nunca deben usurpar al vínculo sagrado del amor familiar.

Tomaron una decisión.

Aprovechando que la niña estaba en el colegio, subieron a su cuarto sin hacer ruido, dejaron unas migajas de pan en el alfeizar de la ventana y esperaron en silencio, conscientes de que harían lo que hubiera que hacer por el bien de su hija.

El gorrión no tardó en aparecer.

El padre dio un paso muy, muy despacio. El gorrión no hizo intención de volar, le miraba con un ojo, ladeando la cabeza.

La madre intentó agarrarle la mano pero el se deshizo muy despacio, y para tranquilizarla le dijo en un susurro:

—No te preocupes. Déjame hablar a mi. 

Arroyo de la miel (325 palabras)

La señora Conchi me sonreía cuando entraba en su tienda y me saludaba todos los días:

- Buenos días, cordobés.

La culpa era mía, porque una extraña enfermedad me impide sentirme de un lugar si no conozco el gentilicio. Por eso le pregunté si las gentes de Arroyo eran arroyenses o arroyanos.

Le pregunté a ella porque parecía estar en ese mostrador desde antes de que Arroyo fuera Arroyo.

Me miró de arriba abajo y me dijo:

- Gente de Arroyo, nada más.

Desde entonces fui el cordobés. Hasta que llovió.

Ese día no quise cruzar la calle porque la calzada estaba encharcada. Decidí cruzar más abajo.

Al doblar la Calle de las Flores descubrí que el paso de peatones también estaba inundado. Quizás más abajo.

Comprendí porque el escaparate de los chinos era curvo, en realidad era un meandro. El agua se arremolinaba y bajaba con más violencia aún. Tenía los zapatos calados ya. Tal vez más abajo hubiera un paso seco.

Bajé hasta la curva del polideportivo, las pesadas tapas de alcantarillado saltaban alegremente borboteando agua clara. Más abajo estaba el mar, no se podía bajar más. El agua ya me había empapado hasta las rodillas, no tenía nada que perder.

Me dispuse a cruzar ignorando el agua.

No estaba tan fría. Me dejé llevar por el impulso y resultó agradable. Subí por el centro de la calzada, el agua subía por mi empeine salpicando juguetona. Cerré el inútil paraguas para usarlo como bastón.

Me crucé con un vecino que bajaba silbando, también por el centro de la calzada y me saludó con un levantamiento de cejas, propio de gentes del lugar.

Cuando entré en la tienda de la Señora Conchi sonreí pero no me saludó. Creí que le molestaba que le mojara el suelo de la tienda.

Pero no era eso.

Cuando pagué me devolvió unas monedas que no esperaba y me dijo:

- A los de Arroyo les hago el cinco. 

Romeo (333 palabras)

Querida Julieta:

Debes saber que no soy quien crees. He intentado serlo, dios sabe como, pero ha llegado el momento de la verdad.

No soy alto, ni rubio, ni ingeniero, ni conozco a Bruce Sprinteen, ni le he compuesto ninguna canción, ni siquiera hablo inglés.

La foto que te mandé es de un primo mío. La recorté del álbum familiar.

Tampoco tengo negocios, trabajo de dependiente en una mercería. No me gusta mi trabajo, no me gusta mi vida, por eso he sido quien quería ser mientras me comunicaba contigo.

He creado una ilusión y me he acabado liando. No se como pedirte perdón.

Llevo una semana sin comer, desde que fijamos nuestro primer encuentro.

Lo único verdadero es el sentimiento. Te quiero.

Me siento culpable y ridículo. Cuando encuentro a la persona de mi vida lo fastidió todo. Ya nada tiene sentido para mi.

No acudiré al encuentro.

Si te sirve de consuelo te diré que en momento de echar esta carta al correo mi corazón estallará en pedacitos y se desperdigará por el suelo definitivamente.


Querido Romeo:

He recibido tu carta y la he leído.

He vivido en una nube estos últimos meses. Debo confesarte que cada detalle que conocía de ti me ilusionaba más y más, cada palabra era la confirmación de que tú eras mi media naranja. Los días se me pasaban recomponiendo cada centímetro de ti, cada faceta de tu personalidad, te convertiste en lo más cercano a mi príncipe azul.

Y ahora esto…

Puedo confesarte ahora que algo sospechaba, había un detalle que nunca se confirmaba, tanto adorno, tanta perfección nunca culminaba. Nunca acabaste de ser el hombre ideal.

Me escamaba tanta inteligencia, tanta intrepidez, tanto gimnasio, porque algo echaba en falta, algo que tú no querías mostrarme, que nunca llegaba. Pero al leer tu carta lo he comprendido todo.

Se han confirmado mis sospechas

A todos los adornos de tu adorable persona le faltaba algo, y ahora sé que también tienes un gran sentido del humor. 

La loca (341 palabras)

La mujer que llevo dentro también te quiere a ti.

Y no la siento como rival. Soy yo a fin de cuentas, pero me da coraje.

Ya sabes como sois las mujeres.

A veces cuando quiero mirarte la pillo contemplándote, y cuando voy a tocarte la sorprendo acariciándote.

Es cuando me distraigo, cuando estoy ocupado o preocupado por alguna cosa que ella aprovecha. No soy tonto, ¿Sabes?

Soy distraído, tengo la cabeza llena de máquinas imposibles que solucionan todos los problemas pero aún no funcionan. Pero puedes estar segura de que soy capaz de todo, incluso de arrancarme los pelos de la nariz a tirones sólo para que sepas que estoy aquí.

Aun concentrado en lo mío puedo verla con el rabillo del ojo buscando el momento, esperando tu gesto para hacerte confidencias, contarte cosas que sólo ella puede contarte, insinuando, dando a entender. Pero yo estoy ahí siempre. Faltaría más.

Se muere de ganas de cogerte aparte para contarte cosas de mi. Se nota que os entendéis bien. Ella te comprende mejor que yo, lo reconozco. Tiene tiempo y paciencia para hablar largamente de cosas aparentemente inocuas.

Te llevará a su terreno sin que te des cuenta. Te conoce mejor que tú misma. Te diría que mi forma de poseerte es sólo una aproximación, que de ser posible te tendría entera, en cuerpo y alma, tu mente, tu aire y tu voluntad.

Pero tú sabes que te quiero libre, lo sabes ¿No?

Te insinuaría que sería capaz de cortar tus alas, de atarte con soga corta, de cerrarte en una botella sólo para tenerte siempre.

Pero sabes que no soy así. Tengo claro que con esa actitud solo conseguiría perderte.

No sé si la mujer que llevo dentro será capaz de cogerte a solas ni cómo lo haría. La conozco, es tenaz y si hay alguna oportunidad la aprovechará. No va a poder. Que tontería, yo soy yo y estoy aquí.

Pero de todas formas, si algún día lo consigue, no le hagas caso a esa loca envidiosa.

Poder (363 palabras)

Entro en el centro comercial. Compro algo que necesito, o algo que no necesito, o no compro nada.

Pero eso no importa.

Entro en los aseos. Me lavo las manos. Tampoco importa.

El secamanos de aire caliente tiene un fotosensor y funciona ininterrumpidamente mientras las manos estén debajo.

Eso sí importa.

Siento como se va formando la bola de aire caliente en la cuenca de mis manos.

Aprieto bien los dedos formando un cucharón y comienzo a sentir la vida en el pequeño remolino. Cosquillas, como si fuera un cachorrito enroscado, calentito y pulsante entre mis manos.

Cuando estoy seguro empiezo a abrir los dedos lentamente y la bola de aire crece.

Crece.

Crece.

Cada vez más potente, independiente y siento el aire caliente en mi pecho. Es tan grande como un balón de playa. Retrocedo medio paso para hacer espacio. Sigue creciendo y todavía puedo controlarla, pero cuando el aire me infla los carrillos y me despeina empiezo a dudar de mi capacidad. ¿Y si sigue creciendo? ¿Y si no puedo con ella? ¿Y si arrasa con todo? Pues claro que me asusto, siempre que llego a este momento. Intento reducirla de tamaño para permanecer dentro de los limites, pero me pongo nervioso.

En ese momento, invariablemente, Mattia pone una mano en mi hombro. Retiro las manos y la bola viva desaparece.

Mattia es el guardia de seguridad. Alguien le ha avisado. Me llama por mi nombre. El sabe, y yo se que sabe.

Mattia esta cada vez mas gordito, casi no le abrocha la chaqueta y no le quedan agujeros en el cinturón, pero cuando saca pecho da sensación de autoridad, me escolta hacia la salida sin aspavientos. No es la primera vez y no será la ultima. Camina delante de mi.

Yo le susurro “he escrito un cuento nuevo” y el me responde “bien, bien” y añade; “tienes que dejar de hacer eso con el secamanos, en serio”

Es su trabajo, yo lo entiendo, y se lo agradezco. Antes de llegar a las puertas automáticas pienso “Gracias Mattia”. Lo pienso tan fuerte que casi puede oirse:

Gracias Mattia, por salvarme.

Por salvar el centro comercial.

Por salvar el mundo.

Ajum (366 palabras)

ERA en la prehistoria cuando todavía nadie tenía nombre y a el lo llamaban Aga.

Era el ruido que hacia cuando mezclaba hierbas y se tiraba todo el día vomitando. Aga, aga, aga…

En el poblado nadie se fiaba de el, siempre haciendo cosas no recomendables, no solo mezclar hierbas desconocidas; también golpear piedras hasta romperlas o subir a los arboles que no tenían comida.

Pero cuando salían del poblado a cazar o recolectar era diferente. Todos seguían a Aga. Sabia como se movían los animales y era el primero a probar los frutos, fueran del color que fueran.

Un día se encontraron una piedra muy grande en medio de la vereda. No se podía pasar. Muchos estaban a punto de dar la vuelta cuando Aga empezó a empujarla. La roca no se movía, y como si de una competición se tratara, todos empezaron a empujar sin resultado.

En uno de esos intentos, coincidió el empujón de dos y la piedra se movió un poco.

Aga empezó a gritar llamando la atención de los demás y consiguió coordinarlos al ruido de A-jum.

Aga gritaba aaa jum! Y todos empujaban al mismo tiempo. La piedra empezó a ceder y al final de la tarde la vereda estaba libre.

No se cazo ni recolecto ese día, pero celebraron lo de la piedra como una cosa heroica.

Desde entonces, cada vez que se encontraban con un obstáculo en el camino, se preguntaban unos a otros : ¿Ajum? ¿Ajum?

Y se respondían: ¡Ajum!

Con el ajum eran capaces de mover cosas que solos no podían.

Digamos que fue su primer verbo. Sin subjuntivo, por supuesto. Ajum era el nombre de una acción. La acción que se hace entre todos. Seguramente la palabra arrejuntar tiene esas raíces ancestrales.

Maga, la compañera de Aga, llamo Ajum a su hijo y enseño al retoño a ser el primero en acudir cuando alguien necesitaba ayuda.

Aga murió envenenado con unas bayas que tenían buena pinta, pero permaneció algún tiempo en la memoria del poblado. Sobre todo cuando alguien necesitaba ayuda y gritaba: Aaaa-jummmm y llegaba Ajum golpeándose el pecho con la mano derecha y dispuesto a romperse la espalda con cualquier obstáculo.

Queremos tanto a Julio (374 palabras)

Los que queremos tanto a Julio nos reconocemos cuando nos cruzamos pero nunca nos saludamos. Nunca perteneceríamos a ningún club.

Siempre coincidimos en todo lo que huele a Julio. Llegamos diez minutos antes y pasamos lista mentalmente, sin que se nos note. Siempre estamos todos, siempre con alguna nueva incorporación.

El cartel decía: CORTÁZAR: CLAVES OCULTAS. Demasiado tonto para ser un falso reclamo. Y una foto de Julio fumando. Posiblemente información valiosa. Tal vez otra decepción. De una manera u otra no se podía faltar.

Fuimos todos. La conferencia se daba en la facultad de Ciencias, ningún estudiante, solo nosotros. Éramos tantos ya que sentí ganas de huir, pero todos estábamos igual, así que me quedé.

El hombre con acento argentino leyó la clásica biografía de las enciclopedias y describió un mundo paralelo agazapado en las cosas cotidianas y los cronopios y los famas, y el relato corto, tan valido como la novela...

No me gusta irme en mitad de una conferencia, pero ya estuve en el parvulario, necesitaba un café. Necesitaba salir.

Tonto de mí, pensé que era el único. Todos nos levantamos al mismo tiempo y atascamos inmediatamente la puerta de salida.

El señor no quería acabar la conferencia. “aún no he acabado” desestimando la precaria megafonía, nos perseguía gritando “se porque están aquí” “yo puedo llevaros al centro de la diana”

Al menos yo, salí de allí con el estomago revuelto. Recordé que había un bar a escasas cuadras.

Evidentemente, no solo yo, los que queremos tanto a Julio llenamos el bar vacío en menos de un minuto. Todos, con alguna nueva incorporación.

Todos pedimos lo mismo, todos nos miramos y nos sonreímos ante la atónita mirada del camarero, desbordado. Todos quisimos decirnos algo, pero todos nos callamos y encendimos un cigarro.

Y entra el señor de la conferencia fracasada y se pide una copa. Nos mira a todos pero nadie le devuelve la mirada.

Decidimos irnos. Intentamos escalonar la salida pero igual se atasca la puerta.

El conferenciante levanta la copa: “señores, denle la espalda a la verdadera realidad” “huyan hacia ninguna parte”

En ese momento quise volverme y pellizcarle la nariz con un gesto tierno, pero me contuve y me fui.

Hubiera sido un linchamiento. 

Arriba (380 palabras)

 Creo que estaba jugando al balón. No recuerdo cómo acabe en el suelo, lo que sí recuerdo es este muchacho que me pisaba suavemente el pie y me ofrecía la mano.

Yo le di la mano y sin esfuerzo me puso en pie en un instante.

Me llamo mucho la atención, sobre todo la técnica. Con el pie me pisaba y aseguraba que mis pies no se iban a mover, y con una leve inclinación del cuerpo hacia atrás me impulsa hacia arriba.

Me pregunto: “¿Estás bien?” y sin esperar respuesta salió corriendo en sentido opuesto.

Esa fue la única vez que hablamos y lo consideré amigo el resto de mi vida. Julián creo que se llamaba.

Coincidí con el Juli alguna que otra vez. En el barrio no había tanto donde elegir, pero nuestros caminos se separaron y creo que el empezó a salir por la parte alta donde se echó novia. En las cenas de la parroquia coincidimos alguna vez y siempre quise tener oportunidad de echarle una mano para devolverle el favor, pero los años fueron pasando.

Y hace unos meses, cuando me había olvidado, me entere de que se sintió mal antes de subir a la parcela, y lo llevaron a urgencias y ya se quedó en el el hospital.

No me lo contaron a mi directamente. Era una conversación que oí, pero me propuse ir al hospital a verlo.

Pasaron algunos días y vi a su hermana. Como me gustaba su hermana de niño. Ya mayor, con sus hijas, las dos con los ojos de gato en peligro de la madre.

Sin presentarme le pregunté en que habitación estaba su hermano, y ya me dijo que había muerto hacia unos días.

Le di el pésame y la abracé. Ella me conocía y me preguntó por mi madre, que ya no estaba.

Y me volví a olvidar hasta ahora. Se acaba de caer un muchacho delante mía, le he tendido la mano, lo he ayudado a levantarse y he sentido su juventud como una descarga eléctrica.

El muchacho se ha sorprendido de la presa firme de mi mano huesuda y la maniobra eficaz. He aprendido de los mejores.

Antes de que pudiera reaccionar, lo he mirado a los ojos y le he preguntado: “¿Estás bien?”

Cocodrilos (388 palabras)

Llamada de la central:

- Señora Rosa, el balance anual ha sido desastroso. El próximo día 23 llegará un gestor que se ha comprometido a revitalizar el zoológico asegurando una afluencia de público al menos aceptable. Rogamos colaboración total.

Rosita preparó informes, informes de los informes y planes de actuación. Limpió el despacho del director y colocó dos macetas en la ventana.

El gestor llegó en un coche abollado y se encerró en el despacho. Rosita lo dejó encerrado una hora. Como no la llamaba, entró para ofrecerle un cafetito.

Estaba con los pies en la mesa, escuchando música. No había tocado las carpetas.

- Señora Rosa, contrataremos a un operario para darle de comer a los cocodrilos. Es imprescindible que sea manco.


Llamada de la central:

- Señora Rosa, necesitamos un informe sobre la actuación del nuevo gestor. Apoyaremos cualquier iniciativa. Es urgente.

Rosita lloró en su mesita por su puesto de trabajo, por el zoológico, por la jaula de los leones, la de los monos ¿Qué será de ellos?

El gestor fumaba en el despacho, abría la ventana pero el olor no se iba. Apagaba las colillas en la maceta. Rosita lloraba a solas, se volvía a maquillar y sonreía al gestor.

- Señora Rosa, es usted un rayo de luz en la triste mañana ¿Cómo van mis mancos?

En la agencia de contratación preguntan que para que tanto manco ¿Un circo?


Llamada de la central:

- Señora Rosa, ese informe no llega, hay más gestores, no podemos perder tiempo, las pérdidas son insostenibles. ¿Ha encargado publicidad? ¿Fieras nuevas?

Rosita no puede más, cuenta lo que hay. No hay público en el zoo y una fila de mancos espera su entrevista con el gestor.

- Señora Rosa, no llore, aún estamos a tiempo. Comunique al gestor que está despedido desde este momento. En dos días llega el nuevo.

El gestor recibe la noticia sin sorpresa. Besa a Rosita en la frente y le informa que ha contratado al manco.

Empaqueta. Todo cabe en una caja.

Cuando llega el nuevo gestor hay una muchedumbre mirando como un manco da de comer a los cocodrilos. Qué valor, qué terror.

Rosita querría contarle al viejo gestor que la taquilla vuelve a funcionar, pero ya va en su coche abollado, por la autovía, con la música tan, tan alta. 

El hombre perfecto (391 palabras)

Me afeito por la noche y en el espejo ordeno a la barba no crecer.

Por la mañana amanezco liso como el culito de un niño y no te araño.

Esa es la prueba definitiva de que soy perfecto.

Y tú dices que algo falla.

Yo estuve en cuarentena antes de llegar a ti. Mucho tiempo. Cuarenta y un días para ser exacto.

Los hombres de las batas me hacían pruebas y se miraban a los pies de mi cama. Cuchicheaban.

Yo aguzaba el oído y los oía decir que no podía ser, que tanta perfección, que los instrumentos pueden fallar. Y el de las barbas decía que había que repetir las pruebas.

Sospecharon que yo escuchaba. Desde entonces se retiraban detrás de las cristaleras a deliberar.

Yo aprendí a leer los labios.

Los hombres de las batas decían que el ser humano es imperfecto por naturaleza, que tanta perfección no podía ser buena. Que tenían una responsabilidad, no me podían dar al mundo y ahí queda eso. Y el de las barbas insistía en que había que repetir las pruebas

Sospecharon de mí y dejaron de hablar tras el cristal. Se retiraron al cuarto contiguo a deliberar. Yo aprendí inmediatamente a leer sus mentes.

Los hombres de las batas estaban preocupados porque el tiempo se acababa y necesitaban las instalaciones para analizar un extraterrestre y un unicornio alado. Tenían que tomar una determinación. Ya tenían toda la documentación. Lo más lógico era destruirme por el bien común. El mundo no estaba preparado. Y el de las barbas tenía problemas morales y técnicos, insistía en que había que repetir las pruebas una vez más.

Mi instinto de supervivencia funcionó tan perfectamente como todo lo demás y los llamé con el botón de la cabecera.

Vinieron enseguida.

Les conté que si me soltaban, me limitaría a buscarte y pegarme a ti como una lapa, colocarte en tu pedestal y mantenerte ahí hasta el fin de mis fuerzas. No usaría mi poder para el mal. Ni para desestabilizar, ni para darle la vuelta a nada.

El hombre de las barbas dejó de pensar que había que repetir las pruebas y me miraron así, como tú me estás mirando ahora.

Pues claro que puedo leer la mente.

Ahora mismo estás pensando que sería capaz de inventar cualquier historia para no perderte.  

Un mundo (398 palabras)

Ramiro tenía un mundo en la cabeza. Un mundo completo, con seis mares, cuatro continentes y cinco reinos.

Ramiro siempre andaba muy derechito, porque si se movía mucho provocaba terremotos. Una vez intento saltar una valla y la ciudad de Curtia quedo destruida. Treinta y seis muertos, entre ellos una madre con su hijo de seis añitos. Una tragedia.

Duerme sentado y se mueve despacio. Vive modestamente porque esta muy limitado en el trabajo. Mas de una vez le han llamado irresponsable, ignorando el peso de la gestión de un mundo completo, poco poblado, eso si, pero lleno de magos, campesinos y piratas, sin contar las cinco familias reales que siempre están a la gresca.

En la buhardilla donde vive tiene algunos mapas. En su mundo hay doce cartógrafos que le ayudan en lo que pueden. También hay dos historiadores y un alquimista. Pasa mucho tiempo con ellos. Fuera del mundo de su cabeza Ramiro tiene pocos amigos. Entender sus particularidades es cosa de pocos.

Su mejor amigo es Tobias. Una noche se presento en la buhardilla para decirle una cosa.

•- Eh.

•- Eh.

•- Te quería contar, me he enterado de que hay un taller de escritura.

•- Bien

•- Te quería decir, seria bueno para ti, podrías ir.

•- Por?

•- Podrías escribir tu mundo, lo metes en un libro y así te puedes relajar un poco.

•- Estoy relajado.

•- Si, ya. Gente maja. Creo que te vendría bien. Si tu vas, yo voy también. Hay técnicas interesantes.

•- No puedo. Lo he pensado, de verdad, pero no puedo escribirlo.

•- Por?

•- Habría que hacerlo bien. No quiero escribir un churro. Seria una catástrofe.

•- No te dejarían hacer un churro. Son gente maja, ya te lo he dicho.

•- Gracias, de verdad.

Tobias sabía que cuando su amigo decía “gracias de verdad” es que había que irse. Se dirigió hacia la puerta andando hacia atrás, muy despacito y abrió la puerta.

Antes de salir definitivamente, Tobias asomo la cabecilla por la puerta y le pregunto en un susurro:

•Te lo pensaras? Si vas tu, voy yo...

Ramiro asintió con la cabeza para que Tobias se fuera de una vez, mas que nada.

En Cornirintia se agarraron a lo que pudieron y no hubo grandes daños.

Fechas (444 palabras)

El hombre grande siente la nieve crujir bajo sus pies. Van acercándose desde todas partes amigos, compañeros, gente pequeña llena de amor, lo rodean, lo abrazan. Abrazo colectivo, siente nuestra fuerza, nuestro calor, estamos contigo ¿lo sientes? Estamos juntos en esto. Lo harás de maravilla, como siempre, estamos orgullosos de ti.

El hombre grande ya lo sabe, lo siente, asiente y no se demora. Sube al trineo y se despide con un “hasta ahora”. Le despiden con la mano levantada.

La gran aventura es un abrir y cerrar de ojos, chimeneas, calcetines, árbol, regalos, chimeneas, calcetines, árbol, regalos. Todo es rápido, vertiginoso, mágico.

Sólo cuando junto al calcetín hay un plato con una taza de chocolate y alguna galleta se ralentiza un  instante. No puede evitar oír el mensaje que los dedos de niño dejan en el plato. Esto es para ti, para que repongas fuerzas, te quiero.

Escuchar los mensajes es parte de la misión. Los pequeños corazones parecen tener un amplificador, a veces los mensajes son ensordecedores. Las galletas son para los renos, el licor para que entres en calor, he pensado en ti todo el año, incluso en verano. Oh chico, se que la intención es buena, pero.

Es capaz de renunciar a las primeras copas, muchas, pero la lista es tan larga, y tantos niños quieren que el hombre rojo entre en calor.

Va en su naturaleza, es incapaz de hacer tanto desprecio, el primer trago de licor se produce cuando ya va por la mitad de la lista. Este año se ha sentido fuerte.

Baja como una medicina mágica, se despierta el verdadero espíritu navideño. Son tantos vasitos, también hay chocolate, y leche, para los renos, que también tienen derecho.

Los renos saben qué hacer. Se entienden con una mirada.

Todo va más rápido. Todo es tan fluido, tan instintivo, la chimenea, el árbol, el calcetín, el licor, el regalo, jo, jo, jo.

Una vez más, la rutina es confortante, los ejes se engrasan, resbalan, todo fluye y el trineo cada vez más ligero, que noche, que noche, feliz navidad a todos. Os quiero. Ops, he tropezado, estoy bien, estoy bien.

Ya no hay frío cuando vuelve a casa. Fin de la aventura, satisfacción por el trabajo bien hecho. El hogar, ya estoy aquí, donde mi chocolate caliente, vamos, donde mis sesiones de grupo, he vuelto a caer, pero tengo todo un año para volver a rehabilitarme.

Van acercándose desde todas partes amigos, compañeros, gente pequeña llena de amor, lo rodean, lo abrazan.

Abrazo colectivo, siente nuestra fuerza, nuestro calor, estamos contigo ¿lo sientes? Estamos juntos en esto. Lo harás de maravilla, como siempre, estamos orgullosos de ti. 

Bonzo (472 palabras)

Un señor entra en la gasolinera y pide cincuenta céntimos de gasolina.

La chica dice que no puede marcar una cantidad tan pequeña y consulta con el encargado. Cuchichean y el encargado entra a hablar por teléfono.

El señor se pone un poco nervioso y la chica de la gasolinera le explica que hay que hacer una operación muy sencilla para dispensar pequeñas cantidades y el encargado ha ido a buscar la llave.

Hay un silencio tenso.

La chica comenta que hace un bonito día, que dan ganas de pasear por ahí, que la vida es muy bonita, que siempre hay un motivo para seguir adelante, que...

El señor le interrumpe y le aclara que la moto se le ha quedado sin gasolina dos calles más abajo.

La chica se ríe. Tiene una risa preciosa, el señor se ríe también y cree que es necesario aclarar un ligero malentendido, pero la chica no le deja, sigue sonriendo y hablando sin parar de lo bonito que es todo y las cosas, que se arreglan cuando uno menos se lo espera.

El señor le dice que tiene la sonrisa más bonita que ha visto en su vida, pero eso parece entristecer a la chica.

Hay otro silencio.

Vuelve el encargado y le explica que tiene sacar una manguera especial para servirle. Al parecer, existe un protocolo especial para cantidades pequeñas y la cosa va a tardar un poco porque hay algún problema que se va a solucionar enseguida, le ofrece una copa de anís en un vaso de plástico y un pedazo de turrón de la bandeja que hay sobre el mostrador, para los clientes.

El señor no quiere anís, quiere cincuenta céntimos de gasolina, se pone un poco nervioso y el encargado vuelve a contarle la historia de la manguera, le pide un poco de paciencia y vuelve a entrar al reservado.

La chica ha acabado de atender a los clientes que querían cantidades mayores de combustible y vuelve a sonreír, toca la mano del señor y le pregunta si de verdad no quiere un poquito de anís, está en el mostrador para los clientes, es navidad. Se le quiebra un poco la voz y señor se da cuenta. Vuelve a explicar lo de la moto, esto es un malentendido.

Entra una pareja de la policía. Buenas tardes. El señor explica otra vez lo de la moto y lo del malentendido, el encargado observa desde el despacho y los policías se ofrecen a acompañarlo a la moto o a su casa o a donde él quiera.

El señor se despide de la chica. Adiós, bonita. Esta vez se le quiebra la voz a él, sólo un poco.

La chica le despide sin hablar, con la mano levantada y la sonrisa, hasta que sale del establecimiento flanqueado por los agentes.

Baja la mano.

Sherezade

Amanece. Los primeros rayos de sol se cruzan con los últimos pensamientos de la joven:

- A veces el final de un cuento se nos presenta de improviso, sin buscarlo, sin necesitarlo, como si hubiera estado siempre ahí esperando, tan claro, tan redondo, tan inexorable, tan hermoso, tan...

El hacha.  

Acontecimiento

El fin del mundo fue retransmitido en directo. El sol se apagó, los mares inundaban la tierra. Terremotos, maremotos, los hermanos se mataban entre sí, los padres estrangulaban a sus hijos. Lo de las Trompetas del Juicio inenarrable. Sólo nos salvamos los que cambiamos de canal. 

Mutuo

Yo hubiera dado la vida por ella sin pestañear.

Estoy seguro de que ella también la hubiera dado por mí.

Ahora nos alegramos de no haber tenido ocasión. 

El anillo (500 palabras)

Anoche te vi muerta – me dijo respondiendo al buenos días.

A mi me dieron las siete cosas. No me lo esperaba. La cuidadora de la mama había soñado conmigo muerta y me lo contaba como quien habla del tiempo.

Por supuesto cambié de tema.

El anillo no aparecía. Estábamos decidiendo si denunciarlo o no. La abuela no había salido de casa, el anillo debía estar cerca.

Los brillantes eran buenos y la pieza era seguro muy cara pero lo más valioso eran los cuentos de la mama. A lo largo de mi infancia y mi adolescencia la procedencia del anillo cambió varias veces, se lo regaló un militar que lo pretendía, se lo encontró sacando agua de un pozo o era un regalo de la abuela.

Ya daba igual. No me acostumbraba a ver a la mama sin su anillo. Sin poderse mover ni hablar, miraba a veces su dedo desnudo y luego al vacío. Posiblemente no se daba cuenta de que le faltaba el anillo, pero estoy segura que dentro de ella algo quedaba.

Yo sospechaba de la cuidadora, María, había algo maligno en su expresión, le hablaba a la mama, que no la podía oír, tan alto para que todos la oyéramos, demostrando un cariño tan interesado, tan culpable tal vez, y encima soñándome muerta.

Gabriel me dijo que me hacía un favor, que aparecer muerta en el sueño de alguien es presagio de larga vida, pero esa mirada se clavaba en mi haciéndome daño, recordando los temores de la infancia.

La cosa quedó en nada, el anillo no apareció y cambiamos de cuidadora al mudarnos al campo.

Ya lo había olvidado cuando un día, en el Asilo de Santa Justa volví a ver el anillo.

Había ido a visitar a un enfermo cuando lo ví puesto en un dedo extraño. Era una señora mayor que paseaban en silla por el jardín. Me acerqué y lo pude ver claramente. Era el mismo, inconfundible. Aún más, la señora era María, muy desmejorada.

Ella había sido la ladrona. La pude reconocer por su mirada. Aunque no me reconoció(no reconocía a nadie) la mirada seguía ahí, en el fondo, fría, dura. Su castigo era verse en el mismo estado que la señora un dia cuidó.

Lo tenía que haber dejado así, pero no pude evitar ofrecerme como voluntaria en el asilo, ocuparme de la silla de María y llevarla a pasear por el jardín. Fue tan fácil.

Frente a la fuente, en la soleada mañana, me arrodillé frente a ella y le dije mientras le sacaba el anillo:

Que sencillo es hacer justicia. A lo mejor te hago un favor deshaciendo tu crimen.

Con el anillo en el bolso, devolví a María a su habitación, sin culpas, con la satisfacción del deber cumplido y salí a la calle.

En la puerta me encontré con la sobrina de María. Sorprendida de verme allí me dió dos besos y antes de que me preguntara nada le dije:

Anoche te vi muerta.

El fin de las palabras (501 palabras)

Severino se quedó sin palabras. Literalmente. Ni él mismo sabía donde habían podido ir.

Caminaba al trabajo intentando rescatar algunos nombres sencillos cuando distinguió entre la gente a Marcos. No se iba a parar, porque tenía prisa, pero lo tenía que saludar, ya le había visto y se acercaba sonriente sin dejar de mirarlo.

No podía recordar una palabra concreta para el saludo, simplemente no había palabras entre las que buscar.

Afortunadamente, al llegar a su altura todo se resolvió de manera natural. Severino alzó las cejas y levantó ligeramente la barbilla con una sonrisa que no había planeado. Marcos respondió levantando la mano derecha y dijo algo mientras se cruzaban:

—Hey.

Tampoco se quebró mucho la cabeza, pero era una palabra al menos.

Severino entró al trabajo saludando a diestro y siniestro con su movimiento de cejas. Sin problema. Antes de ocupar su escritorio Marta le recordó que había reunión. En aquel momento pensó que las palabras volverían a él en cuanto alguien le preguntara algo importante. Estaba muy relajado. Si algo le preocupaba era esa naturalidad con la que había aceptado la huida de las palabras.

El jefe tenía preparada la pizarra con un gráfico en cada esquina. Con un puntero laser explicó lo mal que iba todo y lo necesarios que iban a ser los despidos que se avecinaban. Severino miraba fijamente al jefe a los ojos sin descuidar la sonrisa. No intervino en el turno de preguntas pero el jefe le devolvió un par de miradas que le garantizaron que ese trimestre al menos no sería uno de los despedidos.

Suficiente. Eso era lo que necesitaba saber.

Puso en orden las cuentas del mes, ordenó los pedidos y tomó café con Anabel y Juanjo. No paraban de hablar sobre lo injusto de los despidos. Severino escuchaba y asentía, aunque algunas palabras no le sonaban a nada. En realidad la mayoría de las palabras eran ruidos, pero los gestos eran suficientes para entenderlo todo.

A la vuelta del trabajo el pequeño estaba jugando al fútbol con unos amiguitos y Severino al pasar hizo un par de regates y casi cuela gol.

Marisa estaba haciendo sus ejercicios de taichí en la sala de estar, la besó en el cuello mientras soltaba maletín y repitió algunos ejercicios con ella. Cuando acabaron la tabla ella le devolvió el beso y le preguntó si había tenido buen día. El sonrió y asintió con la cabeza.

Ya no quedaba ni una palabra, ni un eco. Severino escuchaba a su gente hablar y oía sonidos, reconocía voces, entendía gestos, pero no palabras.

Televisaban el partido y Marisa le había preparado algo de picar. Veinte millonarios corrían por el césped y el locutor parloteaba. Severino descubrió que ponía más énfasis en las partes aburridas del juego, seguramente para llamar la atención de los televidentes. Se emocionó con los goles como siempre. Con el segundo un poco más.

Se recostó en su sofá y se durmió plácidamente, dando gracias a la rutina.


Otilio y yo (530 palabras)

Una novela estoy escribiendo. Es mi pasatiempo, mi obsesión, mi pena y mi alegría.

Todo lo que me pasa últimamente va a parar a la novela. Todo lo que encuentro en el día a día tiene que ver con el tema de la novela. Los personajes parecen que están vivos. Al principio me los invento porque necesito un malo, o a lo mejor necesito alguien que ayude al protagonista, le de un empujón o le ponga alguna dificultad, según. Los personajes son como tienen que ser para que puedan cumplir con su misión en la historia, pero no se qué tiene la novela que a las dos páginas ya empiezan a hacer cosas que yo no había previsto. Yo les doy cuerda porque siempre enriquece la historia. Siempre que la historia siga su curso tal y como la había pensado, la estructura aristotélica siga funcionando y sirviendo a la historia, pero los personajes me dan un poco de miedo, cumplen con su función, no tengo queja, pero hacen cosas que yo no había pensado antes, cambian, se relacionan entre ellos, yo creo que al final de cada capítulo quedan sin que yo lo sepa y hacen sus apaños, no sé quien se piensan que soy, ¿uno que pasaba por aquí? Soy el autor, el que manda, el jefe de esto. Mientras estén en mi novela saben que harán lo que yo diga. Hay uno que me trae por la calle de la amargura. Necesitaba un tipo depresivo en el capítulo tres, en principio no iba a ser necesario en los restantes capítulos, pero me salió tan gracioso como contrapunto del protagonista que decidí dejarlo, como un Sancho Panza. Pero el depresivo me sale con picos de euforia, a veces en el transcurso de una conversación, empieza llorando y acaba dando saltos de alegría. Incontrolable. En el capítulo seis tiene una crisis existencial y dice que tiene que poner tierra de por medio, se marcha. Yo lo dejo ir, los personajes se van y vuelven cuando les da la gana, me lo tomo con tranquilidad, yo los dejo sueltos, pero cuando se salen de la historia los dejo al margen. Si quieren ellos saben donde está la novela y pueden volver a entrar cuando quieran. Yo no pienso ir detrás de ellos, eso lo tengo claro, yo tengo el ojo puesto en mi protagonista y los demás allá cada cual. Total que al final del capítulo nueve el personaje este lleva dos capítulos, casi tres sin aparecer, y me da pena y dejo que otro personaje pregunte por él, entre comillas “lo eche de menos” ¿Qué habrá sido de Oti? Eso es otra, el personaje se llamaba Otilio, pero a las tres páginas ya estaban todos Oti por aquí Oti por allá. Total, que lo mencionan en el nueve, que es como una llamada, y en el diez no aparece, en el capítulo once lo meto un poco a la fuerza, obligado por una carta del notario, para presentar unas pruebas importantes para la historia, pues aparece a regañadientes en el último segundo. Bueno, un poco de emoción, pero antes de que acabe el capítulo vuelve a desaparecer. Yo no voy a ir detrás de nadie. Si quiere una novela para él solito primero que cumpla en esta. Además es un tipo secundario, no puede ser protagonista jamás en la vida, como mucho antihéroe en una historia humorística. Además, lo he creado yo, es mi novela, que nos olvidamos, que en mi novela se puede caer una maceta de un balcón cuando yo quiera y destrozarle la cabeza. Bueno, una maceta, se puede derrumbar la marquesina de un cine y aplastarlo, lo que se me ocurra, cualquier cosa que se me pase por la cabeza. Me está provocando. Por la cara. 

Topetto (638 palabras)

No tenía nada. Caminaba por las calles como si fuera a algún sitio. Me detuve unos minutos en un parque y en una parada de autobús. Subí sin billete. No me preocupaba que el revisor me pillara. Su mano en mi brazo hubiera sido un alivio.

Estaba lleno. El conductor aceleraba y frenaba. Todos juntos, respirando el mismo aire.

No hice ningún movimiento extraño. Mi mano estaba dentro del enorme bolso cuando quise darme cuenta. No quería robar. Era más bien curiosidad. Adivinaba, unas tijeras de manicura, una cajita de pastillas para la tos, un pañuelo. Mientras mi mano buceaba miraba por la ventanilla, los árboles y los semáforos pasaban. No quería nada, de verdad que no iba a robar nada.

Había de todo, y no podía identificar la mayor parte de las cosas, mi brazo estaba hundido hasta la axila en las profundidades aquellas y quise ver la cara de esa mujer a la que estaba conociendo tan íntimamente. Pero estaba de espaldas. Yo creo que notaba algo raro y evitaba mirarme por miedo.

Quiero recordar que fue un frenazo muy brusco el que me hizo perder el equilibrio. Una cosa accidental. Pero también recuerdo con claridad el último balanceo de las piernas, con la clara intención de caer dentro.

Había poca luz. Estaba agotado. Creo que me dormí, no sé cuanto tiempo. Cuando desperté encontré una botella de agua gaseada y una barrita dietética. Había de todo. El monedero era lo más grande de todo, de piel. Estaba la documentación, y una pequeña libreta donde apuntaba todo. Al principio era todo curiosidad, pero en realidad no había tantas cosas.

Luego estaban los cambios. Cuando la mano entraba era para coger o soltar algo. Las primeras veces que rozó mi pelo con los dedos la mano retrocedió rápidamente. Ella tenía miedo de que se le hubiera colado un ratón en el bolso, evidentemente. Son los miedos irracionales que se tienen. Luego volvía a introducir la mano con mucha precaución, para comprobar que se había equivocado. Abría el bolso, incluso lo vació un par de veces, pero yo me ocultaba en los bolsillos interiores o en el paquete de pañuelos de papel. Me resultaba divertido. A veces, cuando sabía que iba a meter la mano, me colocaba de forma que encontrara mi cabeza. Me gustaba el tacto de sus yemas en mi nuca. Qué poco me importaba todo al principio. Qué buenas estaban las pastillas para la tos alemanas, qué bien olían las toallitas desmaquillantes. En fin, tantas cosas.

Ella sabía todo lo que había en el bolso. Me cuesta creer que no sospechara algo. Cuando caminaba por calles oscuras presionaba suavemente con la axila y yo sentía que esperaba algo de mi, pero como nunca hablábamos las cosas eran todo suposiciones y sobreentendidos.

Me acostumbré, nos acostumbramos, nos dejamos ir por la rutina hasta que pasó lo que pasó.

En el parque no había gente. Estuvo leyendo una novela sentada en un banco, tres capítulos, comió media chocolatina y guardó la otra media. Compró unos zapatos en el centro comercial y algo de comer para el fin de semana. Olvidó el bolso.

Nos dejó abandonados en el servicio de señoras. Junto al lavabo. Recordó las bolsas de la compra, pero tenía las dos manos ocupadas.

No tuve que pensar demasiado. Junté las monedas que había por repartidas por todos lados, la agenda telefónica, consulté algunos números y me preparé a salir.

Estuve unos minutos juntando fuerzas. Primero me asomé. Había una cabina telefónica bastante cerca. Cuando estuve seguro salté, un movimiento rápido, hice las llamadas necesarias y solté el auricular como si quemara, para volver, para saltar dentro y ensayar una postura adecuada, el lugar perfecto para cuando llegara la mano de ella, comprobando que estaba todo, tocara mi cabeza, enredándose sus dedos en mi pelo.

Proyecto genesis (688 palabras)

 Llega uno con pinta de saberlo todo.

–Señoras y señores: El mundo se acaba. La cuenta atrás ha comenzado. Es la triste realidad. Hace tiempo que lo sabíamos y hemos seguido y seguido y seguido. La hemos cagado.

La multitud se decepciona:

-OOOOOOOH.

Pero no está todo perdido. El Proyecto Génesis está en marcha y puede dar otra oportunidad a la humanidad. Aquí, en la Gran Explanada, se encuentra el dispositivo, la nave, el arca o como lo queráis llamar. Cuando la cuenta atrás termine subirán los elegidos y la humanidad se salvará.

La multitud se esperanza:

–AAAAAAAH.

Llega otro que se encoge de hombros.

–A la vista salta que la nave es gigantesca, pero también es evidente que no vamos a caber todos. Yo propongo que nos subamos nosotros, los que estamos aquí porque somos los únicos que nos hemos preocupado por la situación y nos hemos dado cuenta de que algo va mal.

Llega otro con pinta atlética.

–Vamos a ver, los que se suban tendrán que empezar de cero y repoblar la tierra. Es evidente que tendrán que subir los cuerpos más desarrollados. Propongo que se llene la nave de deportistas de élite. Si queréis podemos organizar unas Olimpiadas aquí mismo en la explanada y los campeones de cada especialidad van subiendo diréctamente a la nave.

Llega otro con pinta intelectual.

–Lo del cuerpo está muy bien ¿Pero la mente? Yo creo que deben subir los científicos e intelectuales. Nuestra esencia no está en el músculo, sino en el cerebro. Se impone la necesidad de celebrar un concurso de curriculums con unas posteriores votaciones populares para elegir a los mejores representantes de nuestra especie.

Llega otro con pinta de artista.

–No vais descaminados, yo también creo que deben subir a la nave unos representantes escogidos. Pero esta vez no vais a dejar a los artistas atrás. Ese es el gran error que queréis repetir. Tanto cuerpo y tanta mente pero os olvidáis del alma. A la hora de elegir a los que subirán os ruego que tengáis en cuenta a los artistas.

Llega otro con pinta de político.

–Aquí hoy se está hablando de elegir representantes, votaciones y elecciones. No hay que olvidar que los políticos somos especialistas en ser elegidos. Siempre hemos sido representantes del pueblo y en este caso extremo tenemos el derecho y el deber de presentarnos a las elecciones por la salvación.

Llega otro con pinta de locutor deportivo.

–Yo creo que la cosa está clara: aquí lo que podemos hacer es una selección de los mejores de cada área y elegir a una buena representación de la humanidad pero…¿Qué veo? Por ahí se acercan unos señores trajeados con maletines. Míralos, son los poderosos, los Señores del Dinero, los que mandan de verdad. No son los más conocidos, ni los más inteligentes, ni los más atléticos, ni los más jóvenes, pero está claro que son los amos del cotarro. Se han esperado hasta el último momento para abandonar sus valisísimas posesiones. Los tenemos que escuchar ahora que la cuenta atrás está acabando. ¿Qué hacen? Entran directamente en la nave. Era de esperar. Son los que mandan, los que han mandado siempre. Los deportistas hacen el pasillo a los dueños de sus sponsors, los científicos se apartan ante los que pagan sus proyectos, los artistas miran para otro lado y los jóvenes preocupados silban y protestan como siempre. Tenemos que aceptar que son ellos los que van a subir a la nave, aunque queda un poco feo que no se paren a explicar sus razones. Ni se despiden. Ellos nos meten en el lío y son los que se salvan. Así son las cosas, qué les vamos a hacer. Ahí va el futuro de la humanidad. La cuenta atrás está acabando…

–CINCO…

–CUATRO…

–TRES…

–DOS…

–UNO…

–¡Pof!

–¿Qué ha pasado? ¡La nave se ha desintegrado! El pedazo más grande es del tamaño de una uña… ¿Qué será ahora del futuro de la humanidad?

Vuelve el listillo del principio.

–Señoras y señores, el Proyecto Génesis ha sido un rotundo éxito. Tenemos una nueva oportunidad. Vamos a intentar no cagarla esta vez. 

Revolución Industrial (705 palabras)

Érase que se era, una pequeña ciudad en la que el hijo del mejor artesano pasaba el día pensando en vez de practicar con las manos.

El artesano le decía que podía pensar mientras tejía alpargatas pero el muchacho se quedaba mirando por la ventana con el labio colgando.

Tenía un plan.

El padre se hizo viejo y murió sufriendo porque su hijo arruinaría el taller.

El muchacho montó una fábrica y empleó a muchachos del lugar. Colgó un retrato de su padre y se convirtió en el mayor productor de la zona.

Se convirtió en el Dueño de la Fábrica. Por las mañanas paseaba entre las máquinas y le acompañaba un obrero de confianza con una botella de aceite.

Cuando una máquina chirriaba, se paraba, la observaba detenidamente y le indicaba al obrero donde debía soltar la gota de aceite.

Saludaba a los operarios de cada máquina al pasar, y les preguntaba que tal.

Los operarios decían:

- Muy bien, señor, ayer clavé mil puntillas.

Entonces el Dueño de la Fábrica respondía:

- Estupendo, mañana mil una.

Y les daba una palmadita en la espalda.

Con el tiempo, los operarios se convirtieron en los mejores clavadores de puntillas del mundo, y el Dueño de la Fábrica todos los días les pedía una más.

Pero un día se encontró con un operario que tenía mala cara, y le preguntó por su salud:

- Yo estoy bien, señor, pero mi mujer está enferma, y estoy preocupado.

El Dueño de la Fábrica le metió unas monedas en el bolsillo y dijo bien alto:

- No te preocupes, todo va a ir bien, somos una gran familia.

El operario volvió al trabajo con redobladas energías, al igual que sus compañeros, y esto llenó de satisfacción al Dueño de la Fábrica.

Al día siguiente, el Dueño de la Fábrica hacía la ronda habitual y cuando preguntó al primer operario, este le contestó.

- Mal señor, ayer me di un golpe en la rodilla.

- Regular, no veo bien desde hace unos días – dijo otro –

- Fatal, los compañeros no me hablan. – dijo el siguiente –

El dueño de la fábrica se encerró en el despacho y se preguntó porque de repente todos tenían problemas. Pero no pudo pensar más porque los lamentos de los operarios empezaron a hacerse más fuertes y el cuadro de su padre se iba a descolgar del clavo.

Cuando salía, para buscar un sitio tranquilo y poder pensar, un operario le gritó que la máquina chirriaba y no pudo evitar pararse para localizar el engranaje. Pero entonces los obreros le gritaban: ¿Qué pasa con lo mio? ¡Yo tengo mañana una boda! ¡A mi me han salido sabañones! ¿Y yo que?

El dueño de la fábrica se subió a una banqueta y gritó:

- ¡Se acabo!, todo el mundo a trabajar. Solucionaremos los problemas uno a uno. Al que se queje en horas de trabajo lo despido.

Y volvió a despacho. En silencio ya, pensó que mejor sería no preguntar más a los operarios que ya tenían un nivel de rendimiento más que aceptable.

El dueño de la fábrica puso un buzón para que los empleados se quejaran por escrito y dejó de pasear por la fábrica.

Con el tiempo, las reclamaciones de los operarios se iban unificando. Ya sólo se quejaban de los chirridos ensordecedores de los engranajes que nunca se engrasaban.

Los operarios ya no miraban al jefe a la cara. Cuchicheaban entre si y se juntaban en la hora del bocadillo para quejarse entre ellos y decir cosas malas.

Un día, en el buzón de reclamaciones, el Dueño de la Fabrica encontró una nota confeccionada con recortes de titular de periódico que decía:

ESTO SE VA A ACABAR, EXPLOTADOR.

Y tuvo el tiempo justo para salir de la fábrica, porque todo estaba ardiendo.

El Dueño de la Fábrica y los operarios vieron como se consumía el lugar donde tanto tiempo habían trabajado y todos, unos más otros menos, soltaron alguna lagrimita.

Y es por eso, que desde entonces, los dueños de las fábricas van en coches con los cristales tintados y las máquinas tienen depósitos de aceite que hay que rellenar de mucho en mucho.

Y colorín colorado… 

No verbal (820 palabras)

Mi padre habla siempre camino al colegio, todo el rato. Dice que cuando dos personas hablan mucho acaban entendiéndose con pocas palabras o ninguna. Tantas cosas dice que es un poco pesado. A veces repasamos los controles que voy a tener, a veces me cuenta su vida o me pregunta cosas. Vamos, que todos los días hablamos.

Un día salimos algo antes porque había que hacer algo en el banco. A primera hora casi no hay gente. Cuando estábamos cerca del mostrador me apretó la mano fuerte y la acercó a su cuerpo. Yo entendí lo que ese gesto decía:

–“No te separes de mí y estate atento que va a pasar algo.”

Yo me quedé muy quieto junto a él y vi que en un rincón unos hombres se habían puesto unos pasamontañas y sacaban escopetas cortas. Rápidamente uno entró donde está el dinero y otro nos juntó a todos y nos obligó a sentarnos en las sillas del fondo de la sala. Yo miraba a mi padre pero el no me miraba, miraba a los hombres sólo. Había tres, y cuando el que había entrado salió con las bolsas, otro corrió a ayudarle. Uno apuntó a mi padre y a otro hombre y les mandó que cogieran las bolsas. A mí me dio miedo pero mi padre me lanzó una mirada rápida que yo entendí:

–“Tú ahí sentadito y no te muevas por nada del mundo.”

Pero yo tenía miedo y busqué su mano para levantarme con él, que significa:

–“Tengo miedo papá, quiero ir contigo.”

Entonces me volvió mirar rápido levantando las cejas, que quiere decir:

–"¿Está clarito?"

Entonces yo miré hacia abajo despacio que es lo mismo que decir:

–“Vaaaaale.”

Y me senté otra vez. Los atracadores no podían llevar sus armas y las bolsas al mismo tiempo, así que cargaron a mi padre y a otro hombre.

Ya iban a salir cuando el que se había quedado en la puerta se agachó y sonaron algunos tiros. Todos nos tiramos al suelo rápidamente. Los atracadores disparaban como locos. El de la puerta dijo ¡Ahora! Y los tres cogieron las bolsas de mi padre y del otro hombre. El otro hombre soltó las bolsas rápido, pero mi padre se quedó más quieto. Cuando lo levantaron para cogerle las sacas tenía algo de sangre. Me asusté.

Estaba algo lejos, tumbado en el suelo, pero giró la cabeza y me miró levantando la barbilla. Que significa:

–“Cómo te muevas te quedas sin televisión un mes.”

En ese momento la televisión me importaba poco, pero me tranquilizó porque eso significaba que no estaba tan mal.

Los atracadores salieron y corrieron cada uno para un lado de la calle, disparando y haciendo mucho ruido.

Todos nos quedamos quietos, hasta que mi padre movió los dos dedos y abrió mucho los ojos diciendome:

–“Ya te puedes acercar, rapidito.”

Cuando llegué apretó los labios y miró de reojo a su barriga, que significa:

–“Coge eso rápido y te lo metes en la cartera.”

Era un fajo de billetes que tapaba con su cuerpo. Yo lo miré y ladee la cabeza a los dos lados:

–“Papá, esto no está bien, mamá se va a cabrear.”

Entonces papa infló los carrillos abriendo mucho los ojos que viene a decir:

–“Hazlo y luego hablamos. Mamá no se va a enterar. Rapidito.”

Lo guardé rápido en la cartera y entonces entró la gente de la calle. Los del ambulancia ataron a papá en una camilla y se lo llevaron. El abría y cerraba los ojos despacito mientras movía la cabeza asintiendo, que es lo mismo que decir:

–“No te preocupes, todo ha acabado. No pasa nada.”

Un policía me decía que no me preocupara, que todo había acabado y otro decía por la radio que habían cogido a los tres.

En el hospital mama lloraba, pero cuando íbamos a entrar se secó las lágrimas. No nos dejaron entrar a donde estaba él, pero podíamos verlo por los cristales.

Estaba medio dormido, pero nos vio y sonrió. Levanto un dedo, queriendo decir:

–“Hola, estoy bien.”

Yo puse la mano en el cristal y resoplé que significa:

–“No veas el miedo que hemos pasado.”

Mamá empezó a discutir con el enfermero porque quería entrar en la habitación y mientras papá me miraba levantando mucho las cejas, arrugando la frente y mordiéndose la lengua que significa:

–"¿Ha salido todo bien? ¿Tienes la pasta?"

Yo moví la cabeza de arriba abajo que significa:

–“Sí”

El movió la cabeza señalando a mamá y soplando con la boca en forma de u que significa:

–“No le digas nada a mamá, ya sabes como las gasta, es capaz de devolver el dinero.”

Mamá se asomó al cristal y asintió tres veces con la cabeza, que significa:

–“Estoy al tanto de todo. Ya hablaremos.”

Papá me miro de reojo como diciendo:

–“La hemos cagado.”

Y yo encogí los hombros que significa:

–“¿Qué esperabas? 

Las memorias (880 palabras)

Felipe vivía en un coche.

Uno con problemas de alcohol. Sólo vivía para conseguir unas monedas y comprar un cartón de vino. Cada vez le costaba más trabajo conseguir las monedas, salir del coche. Estaba en las últimas, algunas veces se lo hacía todo encima y andaba con los pantalones manchados, insultando a la gente y anunciando a gritos el fin del mundo, provocando peleas de las que siempre salía mal, pero cuando tenía que salir a buscar bebida, juntaba algo de dignidad y se arreglaba un poco para hacer la ronda.

Había una señora que le conocía de antes de ser alcohólico. Felipe llamaba a su puerta y ella le daba algo de comer y unas monedas. Siempre le daba una charla, le pedía que volviera a ser el de antes.

Felipe decía que sí con la cabeza. Le molestaba el discurso, pero necesitaba las monedas.

Sin embargo, un día la señora lo invitó a pasar, y le habló como antes, como cuando no bebía. Le preguntó por su mujer, por el trabajo, y le ofreció algo de picar.

Felipe no entendía nada, y cuando le preguntó si prefería un refresco o una cervecita, se quedó a cuadros. Se tomó la cerveza pero no consiguió monedas esa vez. Volvió al coche y estuvo pensando hasta que se durmió.

Empezaron a pasar cosas extrañas, la gente olvidaba. Alguien felicitó la navidad a Felipe, en pleno agosto. Pedía unas monedas a un señor por la calle y el señor le confesaba que no recordaba donde estaba su casa. Cada vez más, gente que no recordaba donde había dejado el coche, donde iban, o quien eran. Felipe era un buen samaritano y los ayudaba. Les revisaba la documentación y los acompañaba a la dirección que encontraba en la cartera. También cogía algo de dinero, no todo, lo justo por las molestias y para pagarse alguna botella de vino.

Cada vez que conseguía abastecerse, se encerraba en el coche y se emborrachaba, dormía y se emborrachaba hasta que se acababa el alcohol. Entonces salía otra vez, y cada vez que salía, la cosa había empeorado.

Los podía ver por la calle. Se paraban, mirando al vacío, y parecía que habían recordado algo importante, pero era al revés, estaban olvidando. Al principio se ayudaban unos a otros, apuntaban cosas en papeles y los cosían a los abrigos. Los caminantes a menudo llevaban un cartel colgado del cuello con el nombre y la dirección.

Los dueños de los negocios olvidaban abrir, y a veces olvidaban cerrar. El público al principio cogía lo que necesitaba. El bar Penalty estaba abierto por las mañanas, un señor que había olvidado que estaba jubilado, se encargaba de limpiar la barra y servir lo que le pedían. Felipe no preguntaba, se tomaba su copa y le decía a todo que sí. El señor se quejaba cuando veía a alguien pasar en pijama o semidesnudo. Decía que se estaba perdiendo la vergüenza y Felipe asentía, aunque sabía que lo que se estaba perdiendo era la memoria, Pero no había necesidad de discutir.

Las personas que podían recordar ayudaban a las desmemoriadas, pero llegó el momento en que los desmemoriados eran mayoría, y todos estaban en las calles, buscando sus casas.

Las licorerías abiertas de par en par. Felipe se emborrachaba a todas horas y pasaba días durmiendo.

Buscó a su ex mujer y le explicó todo a su manera: él había regresado de un largo viaje y ella no se acordaba. Volvió a la vida familiar, y estuvo unos días, hasta que se emborrachó un poco más de la cuenta y su mujer recordó un poco. El perdió el control y le dio un par de bofetadas. Entonces recordó porqué se había ido. Y se volvió a marchar.

Ya no volvió al coche. Había muchas casas vacías, la gente caminaba sin rumbo por las calles, con hambre, cómo una película de zombis pero sin comerse a nadie. Sólo encontraba a gente con memoria en las licorerías cuando iba a abastecerse. Allí conoció a Dimas, otro borracho con el que estuvo charlando hasta perder el sentido. Es bueno hablar con alguien que se acuerda de cosas, aunque sean tonterías. Dimas decía que había una epidemia de olvido, y que el único antídoto era el alcohol. Alcohol en abundancia. Parecía que sabía lo que decía, pero Felipe conocía bien las charlas de los borrachos. Todos saben bien lo que está pasando, y están seguros de que controlan la situación. Cuanto más borrachos están, más controlan. “Yo controlo”, decía Dimas, y empezó a decir que era el fin del mundo, cada vez más alto. Felipe cogió lo que necesitaba y se alejó despacio, sin hacer movimientos bruscos.

Felipe llevaba tiempo pensando que era el fin del mundo. Le parecía una buena razón para estar sobrio. Cogió un traje de una tienda de modas y volvió con su mujer. Le explicó todo lo mejor que pudo y le pidió perdón. La mujer ya no hablaba. Le preparó una cena romántica con espagueti y velitas y se sentó con ella a ver la tele cogidos de la mano.

Al tercer día sin beber, Felipe comenzó a olvidar algunas cosas. Apretaba la mano de su mujercita y ella le devolvía una sonrisa. No había olvidado sonreír.

Submarinista (880 parole)

Para que el niño creciera sin rencores ni malicia el padre se lo llevaba de paseo siempre que podía.

Al niño le gustaba pasear con su padre hablando de sus cosas. Más que el cine o el parque. Mejor, más barato.

A veces el padre no quería responder algunas preguntas y entonces, en la orilla del mar, lo retaba a tirar piedras.

El padre tiraba las piedras desde debajo de la cintura y las piedras rebotaban en el agua hasta cuatro veces antes de hundirse.

Al chico las piedras se le hundían sin botar, porque no poseía la técnica aún. De vez en cuando alguna botaba, lo cual era muy celebrado por ambos.

Una de esas tardes estaban tirando piedras al mar y el chico encontró una piedra más grande de lo normal y dijo:

-Papá, a que no puedes con esta.

Y el padre la cogió y la hizo botar sobre la superficie dos veces.

- Anda, eso no es una rana, es un sapo – dijo el niño, y buscó una mayor aún.

- A ver esta – la piedra casi no cabía en la mano del padre.

El hombre juntó todas sus fuerzas porque la piedra no era muy plana y para hacerla rebotar debía ir muy rápida.

Antes de que la piedra tocara el agua emergió la cabeza de un submarinista que se llevó el impacto de lleno y volvió a sumergirse inmediatamente.

Padre e hijo se miraron sorprendidos y sin decir nada, él se descalzó, se descamisó y mandó al niño a llamar por teléfono al chiringuito mientras entraba al agua a socorrer al pobre buzo.

El agua estaba muy fría, y estuvo buceando un buen rato sin resultado. Cuando salió el niño estaba con el dueño del chiringuito que traía una manta.

El hombre entró al agua dos veces más a buscar al accidentado antes de que llegara la policía.

Los policías no llevaban bañador y llamaron a unos socorristas de la cruz roja.

Los socorristas estuvieron buceando un buen rato y optaron por llamar a sus compañeros de la barca.

Llegaron los compañeros de la barca y estuvieron rastreando la zona con unos ganchos. Otros desde la orilla tiraban los ganchos a mano y los recogían rápidamente.

Tanto unos como otros y los que iban llegando preguntaban una y otra vez a padre e hijo que había pasado y donde creían que estaba el submarinista.

Una y otra vez señalaban el lugar exacto tirando una piedrecita en el mismo sitio. Llegó la hora de la merienda y ya habían tirado más de treinta piedrecitas.

Ya había muchos curiosos en la playa cuando llegaron los fotógrafos del periódico local. Como no había víctima aún y resultaba inútil tomar fotos del mar, los fotógrafos se dedicaron a sacar fotos a los curiosos, que saludaban a la cámara, lo que resultaba inapropiado para un suceso tan trágico. El fotógrafo más listo organizó a la gente y les explicó que si querían salir en el periódico debían mirar al mar sin saludar a la cámara ni ponerle cuernos con los dedos a los amigos. Aún así se coló algún graciosillo en la foto.

Los de la búsqueda se desesperaban a medida que caía la tarde y planteaban hipótesis que siempre pasaban por desacreditar a los testigos.

- A lo mejor ha sido un reflejo

- Un pez de estos que saltan en el momento justo…

- ¿Y no puedes haber cogido una ola con la piedra?

Padre e hijo insistían cogidos de la mano en que habían visto lo que habían visto. Al principio categóricamente y luego ladeando la cabeza un poquito.

- Niño, si quieres te llevo a casa un momento y vuelvo.

- No papá, yo me quedo.

Cuando llegaron los de operaciones especiales con las barcas y los equipos autónomos ya quedaban pocos curiosos. Ni desmontaron porque era muy tarde y no había casi luz.

Un señor con bigote, jefe de todos, hasta de los curiosos, informó de que la búsqueda se cancelaba por la caída de la noche y por la escasa probabilidad de que hubiera alguien ahí abajo.

Padre e hijo se miraron y encogieron los hombros. El hombre del chiringuito les dijo donde podían dejar la manta cuando se marcharan. Los demás se disolvieron poco a poco, hasta dejar otra vez la playa con sus dos únicos testigos.

La noche caía.

- ¿Nos vamos papa?

- Espera un poco más. ¿Tú viste al submarinista?

- Si, tenía unas gafas amarillas.

- Si, amarillas, me acuerdo.

Ya era de noche. La luna estaba ahí, reflejándose en el agua. El niño esperaba que el padre le dijera algo y el padre esperaba que el chico le pidiera algo. Pero ya no hablaban, se quedaron cogidos de la mano mirando al mar.

Entonces asomó otra vez la cabeza del submarinista. No solo la cabeza, los hombros, los brazos, la cintura, esta vez continuó caminando hasta la arena. Se sentó para quitarse las aletas junto a los testigos.

- Por fin se han ido, ya no aguantaba más.

Y todo acabó bien, porque el submarinista tenia una herida en la frente y el padre tenía en el coche un botiquín y le puso una tirita de esas impermeables, que no se van con el agua. 


Tres tigres (979 palabras)

LA PRIMERA VEZ QUE VI UN TIGRE estaba en el parque con mi madre. En un rincón apartado, tras un matorral, sentí un movimiento. Creía que era otro niño jugando y me acerqué un poco.

Allí estaba.

Se estaba comiendo un pato. Todo el suelo estaba lleno de plumas. Levantó la cabeza, me miró y continuó comiendo. Con la ojeada parecía decirme : “El pato es mío “. Yo creí oír las palabras. Hace mucho tiempo y a veces no distingo entre lo que veía y lo que creía entonces, pero que yo sepa, los tigres no hablan.

Busqué a mi madre y le conté que un tigre se estaba comiendo un pato. No estaba asustado, estaba preocupado por el pobre pato. Bendita inocencia.

Mi madre me cogió del brazo y me dijo que nos íbamos que era tarde. Cuando me quise dar cuenta estábamos en el coche. Yo le preguntaba cosas sobre el tigre y el pato y ella me respondía “¿qué tigres, qué patos?” y con el tiempo llegué a convencerme de que eso no había pasado.

Pero el tigre me había mirado. Un segundo solo, y yo lo había mirado a él.

Recuerdo que cuando jugaba al fútbol, cuando tenía la pelota, me repetía siempre mentalmente “el pato es mio, el pato es mio” y a veces lo decía en voz alta. Yo era lateral, corría la banda y cuando tenía el balón era solo mío, y pensaba obsesivamente que esa carrera tenía que acabar en algo bueno, un gol, aunque no lo marcara yo.

No volví al parque. Supe que lo cerraron. Bueno sí, he vuelto de mayor. Ahora es el aparcamiento de un centro comercial. Han dejado los árboles grandes de la entrada.

Crecí escuchando la historia del tigre de la curva, y siempre supe que era una leyenda urbana, no mi tigre al menos, vivir en unos matorrales entre Calle Constitución y Avenida Espartaco, alimentarse ocasionalmente de gente que trasnocha y escolares que faltan a clase. Hay cosas que no entran en la cabeza. En la mía no.

LA SEGUNDA VEZ QUE VI UN TIGRE estaba debajo de mi coche. Estaba cargando las maletas porque nos íbamos de vacaciones y me agaché a coger las llaves. Allí estaba tendido, tan largo como el coche. Uno familiar. Ronroneaba, creo.

Me miro, lo miré y tampoco esta vez tuve miedo. Me quedé paralizado otra vez, pero no era miedo por mi. Más que nada por los niños. El mío mayor tenía diez años y venía con otra maleta. Pensé que para el tigre seria como un yogur pequeño para mi. De esos que no cabe ni la cucharilla en el vasito. Le cogí la maleta y le dije, “vamos para casa, que tengo que decir una cosa”

Los reuní en la cocina y dije que el viaje se anulaba, que lo había pensado mejor. Marisa se volvió loca. Que el hotel estaba pagado, que llevábamos meses planeando y bla bla bla. De esas veces que Marisa se enfada de verdad y empieza a sacar cosas del pasado, cada vez más cabreada.

Pero yo solo estaba pendiente de que todos estuviéramos en casa, cerré la puerta y con el rabillo del ojo miraba por la ventana. La cola del tigre se veía asomar junto al tubo de escape, juguetona.

Intenté hacerle gestos a Marisa para que se tranquilizara mientras hablaba pero se enfadaba más.

Una situación complicada. La pequeña lloraba ya desconsoladamente y Marisa iba a empezar a romper cosas cuando vi que la cola del tigre ya no estaba. Entonces dije:

-  Muy bien, me habéis convencido. Tenía mis dudas, pero nos vamos. Solo dejadme que cargue el coche yo solo. Estoy un poco estresado y lo necesito.

Acabé de cargar el coche, comprobando que el tigre se había ido y partimos. Ya en el mar le conté a Marisa lo que había pasado porque merecía una explicación, pero no me creyó. Nos reímos un buen rato y me estuvo tomando el pelo con lo del tigre muchos años.

En aquella época ya circulaban historias de tigres y la gente tenía siempre las ventanillas del coche subidas, procurábamos no caminar solos, evitar los lugares oscuros y todas esas cosas. En confidencia nadie conocía a una víctima directamente, pero casi todos sabían de un amigo de un amigo de un familiar que había sido atacado o devorado, y gente que no había visto un tigre en su vida hablaba de epidemia, mientras yo, que había tenido ya dos encuentros no hablaba nunca con nadie.

LA ULTIMA VEZ estaba yo en el balcón. Le quedaban pocos minutos al año y todos estaban preparando las uvas y el cava mientras yo aprovechaba para fumar el último cigarrillo. Esa navidad me habían regalado un rifle de caza con mira telescópica. En aquella época estaban de moda, mucha gente tenía rifle en casa por si los tigres. Un regalo caro, la verdad, teniendo en cuenta de que nunca he sido cazador. Era al mismo tiempo una tomadura de pelo y una muestra de aprecio. Yo no suelo hablar de tigres, pero la gente que vive conmigo y me conoce, sabe, es inevitable.

Allí estaba yo, en el balcón, fumando y mirando el rifle nuevo, cuando en la calle desierta aparece un tigre. Grande. A mi me parecía un caballo. Caminando por el centro de la calzada.

Despacio.

Esta vez no me miro. Yo no podía dejar de mirarlo. Pasó delante de mí a escasos cinco metros, y en ningún momento se me ocurrió coger el rifle. Tal vez tenía miedo de herirlo y que saltara al balcón a hacerme pedazos de una vez, o me sentía incapaz de apretar el gatillo, o que se yo. Esta vez sí que no se lo conté a nadie. Era una cosa entre el tigre y yo.

Dobló la esquina y desapareció.

Manifa (1.107 palabras)

Hubo un tiempo lento para Adán y Eva. Pasaban las horas hablando sin aburrirse, sinceros hasta la obscenidad, entonces se deseaban pero no necesitaban tocarse porque estaban tan, tan cerca. Se daban paz y se contaban chistes, bromeaban sobre lo bíblico de sus nombres o reían por reír, de tonterías. Un tiempo lento que acabó sin avisos, sin señales. Entonces dejaron de verse, cambiaron las velocidades y ya nunca más tuvieron paz. Por el deseo de Adán no han pasado los años. En los momentos más insospechados volvían a él las caderas de ella, su sonrisa, sus manos, sus gestos, su pelo…

Estaba Adán paseando el perro en pijama, sin afeitar. Le daba igual salir así a la calle porque no esperaba encontrarla a ella, con aquel gesto impersonal, con aquella cartera de piel, con aquel traje chaqueta. Que alegría y la llamó y ella sonrió al reconocerlo y que alegría y todo en él se despertó de golpe. Adán señaló su casa, aquella ventana, la tercera desde la izquierda pero ella no se fijaba, quinto k, Eva no tenía lápiz para apuntar el número de teléfono, pero que alegría verte, no has cambiado nada, seguía sonriendo y las palabras se amontonaban, mira que alegría verte y que tal, que tal tú, cuéntame quedamos y hablamos, eso, eso, quedamos y hablamos, que alegría más grande. Ella tenía prisa y cuando se alejaba se volvió un par de veces y sonreía, estaba magnífica y el pobre Adán en pijama. El domingo a las doce y media en la plaza de la Constitución, eso era lo único que había quedado de aquel memorable encuentro, nada impediría a Adán estar allí, había ido muy lejos y había vuelto, había comprobado que era ella y sólo ella, ahora estaba seguro y no podía recordar qué pasó, cómo la había dejado ir sin batallar, sin protestar, sin hacer ruido. El domingo se presentó una hora antes, con el traje de los domingos, con un ramito de violetas y se apoyó en la farola. La plaza era suya, llegara por donde llegara la vería venir, y no sabía si debía caminar a su encuentro o dejarla llegar con la sonrisa esa tonta que le dominaba, decidió aplazar la decisión hasta el momento mismo, mejor no adelantar acontecimientos. Naturalidad ante todo.

A las doce menos cuarto empezó a llegar gente a la plaza. Mucha gente, había un escenario montado al fondo de la plaza. Había elegido un mal día y una mala hora para quedar, si la plaza se llenaba de gente podía ser una pequeña tragedia para la cita, una gran tragedia, porque si no se encontraban esa vez habría que esperar a otro encuentro fortuito, años tal vez, a lo mejor Eva recordaba lo de quinto k, pero Adán no estaba tan seguro. A las doce ya había demasiada gente en la plaza, Adán jugaba a buscarla con la mirada y estaba seguro de reconocer su silueta y sus andares entre mil. Es verdad, había muchas, pero como ella ninguna. Él estaba confiado, aunque cabía la posibilidad de que Eva olvidara la cita. Una posibilidad remota. La gente cambia y lo que era importante deja de serlo. Pero Eva no. Eva no. A las doce y cuarto ya estaban muy apretados, había mucha policía y por la calle Central se acercaba la cabecera de una manifestación. Adán comprendió que se dirigían al escenario del fondo de la plaza. Definitivamente, había elegido el peor día y la peor hora para la cita. A las doce y media sabía que ya estaba ella en la plaza, estaba seguro, podía imaginarla buscando entre la multitud, zarandeada y achuchada por unos y otros y empezó a desesperarse porque aunque podía reconocer tu silueta entre mil, no podía ver dos metros delante de si. Se tuvo que encaramar a la farola y al ver la marea humana comprendió que nunca la iba a encontrar, tenía que ser ella la que le viera a él, y llegado el momento, acercarse hasta la farola. A las una menos cuarto ya estaban todos en la plaza y las calles adyacentes. No cabía un alfiler y Adán perdía las esperanzas, estiraba el cuello, trepaba por la farola cada vez más alto, esperando un gesto, una voz de ella, pero la multitud se lo tragaba todo. Sacó el pañuelo del bolsillo y lo agitaba con la esperanza de que ella le viera y agitara el suyo, pero no funcionó, la gente al verle respondía agitando banderines rojos, gorras, folletos y pancartas, cuanto más agitaba él, más agitaba la marea. Perdía las esperanzas. Sintió un golpe en el costado y se alegró porque creyó que era ella, pero no, era un señor que le pinchaba el costado con el palo de una bandera y se la ofrecía a él, que estaba más alto. No le pareció mala idea, era una bandera muy grande, todo el mundo le vería, ella también, aunque no pudieran encontrase, ella sabría que él había acudido y se reirían otro día de aquella accidentada cita. Todavía esperaba un milagro. Al coger la bandera dejó caer accidentalmente las violetas y la gente que había debajo las acogió con alboroto y cuando empezó a agitar la bandera la plaza se vino abajo, todo el mundo vitoreaba a la bandera y Adán la agitaba con entusiasmo, con la esperanza de que ella le viera. Entonces aceptó la idea de que no la volvería a ver, pero no estaba triste, porque había descubierto que la quería y no necesitaba verla para quererla, le bastaba con creer que ella le estaba viendo y sonreía, le bastaba con pensar en su flequillo, su risa, sus labios, su cadera, su piel, sus manos, sus pechos, sus dedos… La gente gritaba al son de la bandera y Adán se sintió cerca de ellos, aunque no sabía lo que pedían ni lo que significaba la bandera, estaba claro que todos habían venido a reclamar algo que se les negaba. Allí estaban, haciéndose ver, pidiendo a gritos lo que les pertenecía y nunca iban a tener. Y ya no podía subir más, la farola se terminaba y ya sólo le unía a ella la punta de un pie y los dedos de una mano, no sólo la bandera ondeaba, Adán también ondeaba, todos ondeaban,  Los cánticos se sincronizaban con los movimientos de la bandera, o tal vez los movimientos se acompasan a los cánticos, oe, oeeeee, ooooooooeee, tus caderas, oe, oeeee, tus pechos, oeeeeee, tu sonrisa… ¿No nos ves? Míranos Eva, no hay máquina que nos pueda contar. Míranos ahora, porque mañana te dirán que fuimos cuatro gatos.

Casta (1.167 palabras)

EL MARTES transcurrió sin novedad. No puedo recordar ninguna particularidad. Nada, ni discordancias ni extrañezas. Sin señales.

Es triste que un día se convierta en memorable por que no pasó nada. Una jornada para la historia.

La normalidad es un bien precioso. Hubiera escrito una oda a la normalidad de ser poeta. La normalidad es el caldo donde flota la paz, la seguridad. Es la seguridad, la tranquilidad. No hay negocios sin normalidad y el trabajo no da sus frutos en un entorno inestable. Los días tranquilos, la rutina, el aburrimiento. Es tan evidente que no nos damos cuenta que la normalidad es una causa por la que merece la pena luchar.

EL MIÉRCOLES me levanté temprano para dar mi paseo semanal. Era al mismo tiempo una tradición, obligación autoimpuesta y placer. Caminar con la gente, sentir sus preocupaciones, apretujarme en el autobús. Le cedí el asiento a una señora que posiblemente trabajaba para mi. No presumo de conocer a todos mis trabajadores, pero sí me suenan las caras.

Caballerosidad no es un sentimiento anticuado. No me refiero a la caballerosidad quijotesca, luchar contra injusticias, contra molinos de viento, sino a una concepción más útil y moderna de caballerosidad. Soy amable y considerado porque me gusta el mundo y quiero que siga funcionando. Es una amabilidad egoísta, aceite que se vierte sobres los engranajes para que no dejen de funcionar.

El primer incidente ocurrió en el Luxor. Al entrar dejé el paraguas en el paraguero. Cinco minutos, no más, lo justo para ver unos gemelos que me gustaban. Cuando salía el paraguas no estaba. Se los habían llevado todos. Caminé bajo la lluvia dos minutos hasta Maxime y compré otro paraguas. Me extrañó, recuerdo haber pensado que un ladrón habría sido más eficaz llevándose el paragüero, que era de plata. Ni se me ocurrió imaginar que el objetivo era vernos corretear bajo la lluvia fina. En aquel momento no tenia información suficiente.

EL JUEVES empezaron las quejas domésticas. Todas a la vez. Habían limpiado los cristales con un producto opaco, grasa tal vez. Los pantalones quemados con la plancha, el riego excesivo de las jardineras amenazaba con quemar los rosales. No creo en las coincidencias. Hablé con Marisa en privado: le dije que tomara nota de todo y no perdiera los nervios. No me gusta la palabra sabotaje. Es darle una intencionalidad, una finalidad a algo. Pero no era mira lo que he hecho y así se queda. Pedían disculpas cuando se les reprendía, disculpas que venían acompañadas de un intento de reparación que acababa empeorando la situación. Es lo único que saben hacer, son como las tortugas que entierran la cabeza en la arena cuando las cosas se ponen feas. Al caer la noche, Marisa me mostró dos listas: una interminable de pequeños desaguisados domésticos, y otra con la lista de los componentes del servicio que había que despedir. Recuerdo que le dije: espera, que esto solo acaba de empezar. No recuerdo porqué, pero eso fue lo que dije. Yo tenia todos los elementos pero aun no encajaba nada.

EL VIERNES Estuvimos todos en la merienda mensual de La viuda. Lucía Fonteagria.

En los aparcamientos ya se veían peinados caseros y el aparcacoches había desaparecido.

El servicio nos esperaba alineado y por un momento pensé, pensamos, que las vacaciones pagadas, la mejora salarial daba sus frutos.

Todo iba bien hasta que entraron los hijos menores con la bandeja del caviar. Fuentes ya estaba borracho y hizo algunos comentarios en voz alta. No son nuestros hijos los que lleven bandejas.

Yo hice la prueba del martini. Cuando llega la bandejita miro fijamente a los ojos del camarero antes que a la copa y sé si me ha escupido o no. En esta ocasión no desvió la mirada, la mantuvo, lo que me resultó desconcertante. Luego miré instintivamente al martini y allí estaba el escupitajo, flotando. No hice escándalo, le devolví la copa y se la llevó.

EL SÁBADO Tuvimos reunión los cabeza de familia. Había sido concertada meses atrás, pero todos deseaban hablar de la extraña rebelión.

Hernan hablaba de viejas formulas y todos movíamos la cabeza porque sabíamos que ya no funcionaban.

Cortes se empeñaba en echarle la culpa a las escaleras de las bibliotecas, los libros rojos estaban en las estanterías de arriba y esos hacen algo más que quitarles el polvo.

Anibal estaba haciendo las maletas. Todavía quedaban algunos paraísos.

Davide estaba intentando identificar al enemigo, o era invisible, o era inexistente, o estaba por todas partes. Estos habían aprendido demasiado en los últimos tiempos.

Falta de acuerdo. No puedo hacer nada por cambiarlo. No se puede cambiar el desacuerdo, pero tampoco se puede cambiar el hecho de nuestra supremacía. Así ha sido, así será. Yo solo hable de eso, nuestro sitio, siempre hemos estado allí y alguien tiene que estar, nosotros sabemos estar, es nuestra única baza. La mejor baza.

EL DOMINGO Hablé con Jesús seriamente. Nunca le había abierto mi corazón pero el siempre había estado allí, esperando, nunca me había fallado. En la crisis de los astilleros estuvimos juntos y cuando las privatizaciones fue el mejor aliado. Le explique mis miedos, mis certezas, mi incapacidad para entenderlo todo sin perspectiva. Siempre he sabido que él pertenece a ellos, pero como mi mano derecha ha tenido acceso a los círculos más íntimos. Está en todas las juntas directivas y conoce algunos temas mejor que yo. Le ofrecí pasar a nuestro lado si nos proporcionaba una luz, una salida. No es el primer caso de incorporación de un extraño a nuestros círculos.

El no hablaba. En cierto punto de la conversación me interrumpió. Nunca me había interrumpido y menos para corregirme. Dijo que no eran tortugas, sino avestruces las que enterraban la cabeza. Comprendí. Despaché con naturalidad y me despedí con un buen apretón de manos. Lo apreciaba y lo apreciaré siempre. Ajustamos las agendas, la próxima reunión sería a primeros de mes pero ambos sabíamos que no nos encontraríamos más.

Cuando me quedé solo tardé menos una hora en liquidar, gestionar las quiebras, el stock y los despidos, salvando más de la mitad de los activos con unas garantías razonables.

EL LUNES Me desperté temprano, cerré las cancelas y solté los perros. Hice el desayuno y se lo llevé a la cama a mi Marisa. Las tortitas estaban espectaculares, no había perdido mano. Le dije que todo iría bien, y lo creía de verdad, me invadió una especie de euforia, como si me hubiera quitado un peso de encima. Después de desayunar subimos al mirador y estuvimos un rato en silencio, intentando adivinar la extensión de las murallas de la propiedad. Tras las murallas, se les veía lejanos, vagando por los campos, posiblemente felices, festejando su conquista. Fue entonces cuando sentí el nudo en la garganta, una emoción sincera que casi me hace llorar, porque pensaba en ellos, de verdad, en sus caras, en sus expresiones cuando descubran que ya no son necesarios, que la naturaleza es cruel con lo que sobra.

Bolas (1.315 palabras)

Querido Amigo:

El otro día le abrieron a uno la cabeza en la plaza mayor.

Un ladrillazo.

La gente comenta que tal vez los chicos estaban jugando en una obra. Seguramente apostaban a ver quien lanzaba el ladrillo más lejos. Cosas de chicos, quien sabe.

Lo que si vieron algunos fue el ladrillo volar a una altura considerable. Se comenta que el ladrillo silbaba como un obús, tal era la velocidad que llevaba.

Fue a dar en la cabeza de Serafín Méndez.

Un golpe limpio. La cabeza se abrió como una caja de puros, con un ligero chasquido, sin sangre.

Unas chicas gritaron, un señor corrió a socorrerlo, pero Serafín hizo un suave gesto con la mano rechazando ayuda y se sentó lentamente en el suelo.

Sus pensamientos comenzaron a desparramarse en todas direcciones.

Parecía mentira que en una cabeza tan pequeñita hubiera sitio para tanto pensamiento.

Eran como canicas de cristal de diferentes tamaños, algunas tan grandes como el pomo de una puerta. Botaban alegremente sobre el suelo empedrado de la plaza.

La gente, en un principio, daba pequeños saltitos para esquivarlas.

La plaza estaba llena, no se si sabré explicarte, amigo, el revuelo que allí se organizó.

Sergio, el de la panadería, haciendo alarde de unos reflejos fuera de lo común, reaccionó admirablemente, sacando un saco vacío del almacén y acercándoselo al pobre Serafín.

Serafín que parecía a punto de desvanecerse pero estaba más entero de lo que se podía esperar, asintió con la cabeza y extendió los brazos para sujetar el saco bien abierto.

Fue el mismo panadero el que empezó recogiendo los pensamientos más cercanos y echándolos al saco.

Todo el pueblo se puso manos a la obra. La plaza parecía un corral de gallinas hambrientas. Todos se agachaban y caminaban hacia el saco recogiendo los pensamientos del Sera por el camino.

Se podía mirar dentro de las bolitas. En cada una había un pensamiento del accidentado. El cachete que le dio el maestro sin tener razón, el otro cachete que le dio con razón, su primer beso, la comilona que se dio gracias a una apuesta…

El Sera sujetaba el saco y agradecía cada bolita con una leve inclinación de su cabeza limpiamente abierta. Con cada inclinación, un puñado de pensamientos brotaban de su cabeza. Don Agustín, el matasanos, no sabía que hacer, nunca había visto nada igual en sus cincuenta años de profesión, pero tuvo el acierto de sentarse tras el Sera y sujetarle el cráneo con ambas manos, cerrándolo lo mejor posible presionando con los pulgares para evitar una mayor pérdida de pensamientos.

Se comenta que la Justi, la muchacha más bonita del pueblo, cogió un pensamiento para echarlo al saco y lo miró antes de soltarlo. Era el recuerdo de una horrible punzada de dolor debida a un desengaño amoroso. Ya se sabe lo dolorosos que son esos lances.

Tanta ternura tocó el corazón de la moza que antes de soltar la canica en el saco, estaba perdidamente enamorada del Sera. Eso es lo que cuentan.

Afortunadamente la Justi acabó entrando en razón con el tiempo, en parte gracias a los consejos de las amigas que contaban haber visto otros recuerdos del Sera menos inocentes , y en parte por el empuje del Dioni, que acabó llevándola al huerto.

El que más y el que menos, todos miraron dentro de algún pensamiento del Sera, con cierto disimulo… porque aquello saltaba a la vista que era una cosa muy íntima. Algunos cayeron en la cuenta de que cuanto más lejos estaba el pensamiento del saco, más tiempo tenían para curiosear los recuerdos del vecino.

El bueno de Nicomedes, que nunca, nunca, había salido de la norma y gozaba de la más blanca reputación del pueblo, miró dentro de un pensamiento lleno de tocamientos pecaminosos adolescentes y perdió el control.

Salió corriendo de la plaza con la bola y unos mozos le dieron alcance en el arco de la Estrella y lo llevaron en volandas hasta el saco. Nicomedes soltó la bola llorando como un niño.

Sergio, el panadero tuvo que ir corriendo a buscar otro saco, y un tercero que se llenó hasta la mitad.

Cuando no quedaron más bolitas en la plaza, acarrearon al pobre Sera entre unos pocos y otros pocos se hicieron cargo de los sacos. Todo el pueblo en procesión hasta la Casa de Socorro.

Tanto el practicante como el asistente coincidieron con Don Agustín, el matasanos, en que nunca habían visto nada igual.

El pueblo en pleno esperaba en la puerta de la Casa de Socorro. El auxiliar salía de cuando en cuando contando que la cosa iba bien, que le había entrado un saco, que le había entrado otro y cada noticia era acogida con un murmullo de satisfacción.

Tres rosarios completos duró la intervención. En la cabeza del Sera entraron todas las bolitas, y aún sobró espacio que rellenaron con una minicalculadora de bolsillo, lo cual fue un acierto, porque el bueno del Sera demostró a los pocos días que podía hacer divisiones de hasta ocho cifras de cabeza.

Le cosieron con una técnica muy moderna de cirugía plástica que le dejó una cicatriz muy finita que se disimulaba perfectamente peinándose con la raya en el otro lado.

En ocho días, el bueno de Serafín volvió a pasear a la Plaza Mayor, como siempre.

Pero ya no era como antes. De repente todo el mundo tenía algo que hablar con él. Todos le buscaban conversación.

Pero el Sera no hablaba casi nada. Se limitaba a responder a las preguntas que le hacían, con monosílabos, cuando todos esperaban una charla extensa e íntima.

La gente comentaba ¿Qué le pasa al Serafín?¿No se había quedado bien?¿No se ha volcado el pueblo cuando el ha tenido problemas?.

Se mandó al Valentín, amigo del Sera de los de siempre, de confianza, de los de verdad, para que hablara con él. Estuvieron sentados en un banco tres cuartos de hora.

Al parecer, el Sera comentó que se notaba como que le faltaban recuerdos, no sabe cuales ni cuantos, y que sospechaba que alguno del pueblo se los ha quedado, no sabe porque ni para que.

Todos se echaron las manos a la cabeza. El Sera no sabe lo que dice ¿Quién va a querer lo que no es suyo? ¿Quién se atrevería a robar una cosa tan íntima en un pueblo tan honrado? Evidentemente el Sera no se ha quedado bien de la cabeza.

Pero pasó lo que nadie se esperaba. A la caída de la noche, el viejo Tomás, a sus noventa y dos años, dio la campanada acercándose a la casa del Sera y entregándole una bola. Era el recuerdo de una borrachera en la mili, en Melilla.

Serafín le da las gracias y acepta las disculpas del viejo, pero persiste en su actitud seca, al parecer siguen faltando recuerdos.

El sera sigue paseando por la plaza, y todos desean charlar con él sobre este o aquel recuerdo, pero nadie se atreve. La mirada cada vez más hosca de Serafín Mendez da pena y miedo.

Ahora, querido amigo, viene lo mío. Esto es confidencial.

Yo pisé la bolita, no se si casual o intencionadamente, una bolita pequeña que recogí con disimulo y guarde en el bolsillo.

La verdad es esa.

No es nada. Es un recuerdo muy pequeñito de una mejilla de niño apoyada en un pecho de mujer, un pecho enorme con un pezón rosado y tibio.

Sólo eso.

Lo miro de cuando en cuando, siempre que estoy solo. Poco a poco lo he ido haciendo mio.

No lo puedo devolver, ni se me pasa por la cabeza.

Si no lo devuelvo le robo al Sera. Si lo devuelvo me robo a mi.

¿Soy una mala persona?¿Tengo opción, hermano? Son preguntas retóricas, no tienes que responder.

Además, ya lo tengo decidido, me voy a hacer un llavero.

Eso es todo, un abrazo.


Bernardino. 

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