Tengo programado un salvapantallas con el despertador. Me ayuda cuando tengo que despertarme antes del alba. Es fundamental.
Al principio era aleatorio, pero he dejado fijo el del bosque,
Me ducho y desayuno entre arboles centenarios, y en el ascensor el canto de los pajarillos me acaba de despertar.
En el autobús el inhibidor activa la pausa. Ya despierto puedo observar los escaparates que pasan, los semáforos y las caras de la gente. El señor del periódico, la mama con su hijita, el adolescente atormentado.
Pero son veinte minutos, y cuando me estoy bajando, en las escalerillas del bus, ya se activa el bosque, Me dejo llevar inmediatamente y de pronto, siento una manita en la mía. Que susto. Siempre se habla de los sistemas operativos defectuosos, de los supuestos riesgos de los salvapantallas virtuales, aunque yo no he creído nunca.
De hecho es la niña, me ha cogido de la mano y mira hacia lo alto, intentando entre ver los pajarillos que cantan.
La madre la rescata violentamente y me pide excusas. Yo lo meto todo en pausa. No pasa nada señora, no molesta. No, nada, nada, tiene que aprender que lo que no es suyo no es suyo.
Mientras se aleja la señora con la niña de la mano yo desactivo la pausa y algo raro hago porque son olas que rompen en las rocas.
Lo dejo y sigo mi camino. A veces me parece sentir minúsculas salpicaduras de espuma en la cara. Es todo virtual, pero que bien hecho.
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